Eramos jóvenes y teníamos pelo. Nos cogíamos de los hombros
y gritábamos: “Aitana no val res, volem la TV3”. En aquellos tiempos no
se nos hubiera ocurrido pensar en una televisión autonómica como alternativa.
Pero con el tiempo también llegó la decadencia de la cadena
valenciana, su uso propagandístico hasta extremos dignos de Goebbels, el “todo
por la audiencia” a base de telebasura y, para remate, una programación
mayoritariamente en castellano.
Y también llegó la persecución inmisericorde de la señal de
TV3 y su segunda cadena 33/K3, que acabó con el cierre de los repetidores, a
fin de que ninguna competencia pudiera ensombrecer la labor hagiográfica de la
televisión autóctona. El Tribunal Supremo se pronunció contra la orden de
cierre, pero el daño ya estaba hecho.
Pasó el tiempo y la segunda cadena valenciana, Punt-2,
cultural y en valenciano, fue liquidada mientras emitía un canal de noticias 24
h que no iba a competir ni en broma con el de TVE o el de CNN.
Ahora lamentamos la pérdida de Canal 9, y los mismos que la
criticaron acérrimamente por su partidismo y pésima calidad la defienden hoy y
dicen que se pierde un instrumento para la defensa de la lengua, olvidando que
la mayor parte de los programas (incluyendo los de mayor audiencia) estaban en
castellano. Además, el PP valenciano ha cometido el acto suicida de cerrar su
principal medio áulico, cantera de votos de derecha y abstenciones de
izquierda, generando un mártir gratuitamente, creando la leyenda de un Camelot
perdido y alevosamente cerrado por las hordas de las gaviotas azules.
Lamento la pérdida de la cadena por lo que podría haber sido
en otras circunstancias y, por supuesto, por el plato de caliente de su
plantilla, pero no creo que la situación de nuestro idioma vaya a empeorar
mucho por ello.
Quizás ahora, desparecida la principal causa del cierre de
los repetidores, podamos exigir el retorno de TV3.
Aunque preferiría poder ver ambas, por descontado...