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Imagen extraída de "miclonmalvado". |
No sé si es tarde para reflexionar sobre la
ley del aborto de Gallardón, la más restrictiva de la democracia (véase AQUÍ).
A pesar de mi posición y mi
opinión, no voy a debatir sobre tal o cual supuesto: de eso se ha hablado y
escrito ya largo y tendido. No voy a insistir. Pero sí quiero recordar un
detalle sobre el que creo que se ha hablado poco: ninguna restricción al aborto acaba con los abortos, solo los
clandestiniza.
Cuando era un joven estudiante
de medicina, había una máxima: la causa más frecuente de absceso pélvico era el
aborto ilegal. Miles de muchachas acababan en antros insalubres o en casas
particulares, sometiéndose a prácticas espeluznantes que se cobraban un macabro
tributo en vidas y secuelas.
Peor aún era la salida fácil:
para evitar los riesgos del aborto, muchas mujeres optaban por el infanticidio.
Tan frecuente era esta práctica, que el supuesto de “defensa del honor” cuando
el infanticidio era por la puérpera o por sus padres constituía una
circunstancia atenuante.
Si ponemos bastones en las
ruedas, no detendremos el carro: provocaremos un accidente. Las secuelas
postaborto prácticamente habían desaparecido y el infanticidio de neonatos era
anecdótico, y no me gustaría volver a la situación de hace 30 años.
Como no sé si me he expresado
con claridad, y tal vez no sea lo suficientemente buen comunicador, permitidme
que mi buen amigo Higiarco os cuente su experiencia...
Estoy
en una de las tiendas de los soldados, revisando una cura en un brazo. El
herido está sentado sobre su jergón y yo trabajo de rodillas. En ese momento
aparece en la puerta otro hombre y pronuncia un débil saludo. Está nervioso,
no sabe cómo abordarme: levanta una mano y vuelve a bajarla, frunce los labios,
entra en la tienda y retrocede. Finalmente se queda fuera, quieto, esperando
pacientemente a que acabe mi tarea.
-Tu herida está bien, Antífanes. Hoy es el cuarto día, cuando suelen
inflamarse por segunda vez, pero la tuya no está inflamada. Si sigue así, en
tres días volveré a revisarla y al siguiente te quitaré los puntos. Recuerda:
lávala bien con agua de romero recién hervida, sécala con un paño limpio y pide
a tus camaradas que te la venden con cuidado. Si tienes dolor o fiebre, o la
herida mancha la venda desde dentro, manda llamarme.
Salgo al exterior y me estiro lentamente, masajeándome la espalda
dolorida.
-Está bien, ¿qué quieres?
-¿Eres tú Higiarco? -Su acento no es argivo, algo a tener en cuenta.
-Sí, yo soy.
-Perdona que te moleste, pero es necesario que vengas a ver a una
persona.
-¿Un camarada? ¿Lo ha visto ya algún médico de tu contingente?
-No es un camarada, es mi, bueno...
-Tu concubina.
-Sí, eso. Nuestro médico no quiere saber nada y no me da esperanzas.
-Está bien. ¿Qué le pasa?
-Tiene mucha fiebre y dolor en la parte baja del vientre, y sus
genitales apestan.
-Está bien, soldado. Llévame con ella.
Lo sigo a través del campamento hasta llegar a una tienda pequeña, levantada
apresuradamente.
-No puedo tenerla conmigo en ese estado -se disculpa el soldado-. Las
demás mujeres se turnan para cuidarla.
Una mujer joven sale de la tienda. Adivina quién soy. Mira de reojo al
otro hombre. No necesito más.
-Disculpa, aún no te he preguntado tu nombre.
-Timodemo.
-Bien, Timodemo. Será mejor que descanses un poco. Estás muy nervioso,
y así no me resultas de ninguna ayuda. Vuelve a tu tienda y yo iré a buscarte
luego. -Se marcha y yo percibo el alivio en la mujer-. Dime, muchacha. Ahora
estamos solos, así es que habla sin rodeos.
-Estaba embarazada y ha abortado.
Justo lo que me imaginaba. Sacudo la cabeza.
-Y no lo ha hecho tomando hierbas, ¿verdad?
-Por la boca no.
Sacudo la cabeza de nuevo.
-Acaba de una vez, por los dioses. Cuéntamelo todo desde el principio.
-Está bien. Una de nosotras sabe hacer abortos. Le abrió las piernas y
pinchó su matriz con una espina. Luego empujó dentro unas ramas de perejil.
-Justo lo que me temía. Su hombre dice que apesta, ¿es cierto?
-Sí. Le sale un flujo abundante y asqueroso, sobre todo cuando se
levanta.
-¿Problemas para orinar?
-Le duele mucho, sí, y orina muy poco. Muchas veces, pero muy poquito
cada vez.
-¿Y al cagar?
-Lo mismo. Caga muy poco. Hace fuerza y no sale nada más, pero ella
dice que se siente llena. Y al rato otra vez lo mismo.
Me llevo la mano a la frente. Tiene todos los síntomas de mala
evolución. Intento borrar la preocupación de mi rostro y entro en la tienda. Un
cuerpecito delgado y joven está tendido en el jergón. La muchacha está empapada
en sudor, jadea, apenas abre los ojos cuando la toco. Le subo la túnica. El
vello del pubis está apelmazado por los flujos. Y sí, apesta. Palpo su vientre;
ella tiene un espasmo de dolor. Llamo a su compañera y le pido que me ayude a
sentarla.
-Así le sale más flujo.
-Es lo que quiero.
Obedece y me ayuda, pero la enferma vuelve a caerse en cuanto la
soltamos.
-Vamos fuera -ordeno, y la amiga de la enferma sale conmigo-. Quiero
que le depiléis el pubis. Buscad cualquier cosa para que aguante sentada, si
puede ser con las piernas abiertas. Lavadle el sexo por dentro y por fuera con
agua de romero recién hervida. Dadle a beber infusiones de corteza de sauce. Si
me acompañas, te daré también milenrama y semillas de lino.
-¿Se curará?
-Posiblemente no. La inflamación ha traspasado la matriz y está en la
pelvis, y no creo que pueda expulsar todo el pus que tiene dentro. Si todo va
bien, quedará estéril y con molestias para toda la vida.
-¿Eso es ir bien?
-Sí. Si no va bien, morirá. Esto es lo más probable y no creo que
tarde más que unos pocos días. Rezadle a vuestros dioses, a Appaliunas sobre
todo, y preparad a Timodemo para lo peor.
-¿Algo más?
-Sí, la mujer que le ha hecho esto...
Pienso en ordenar que le den una paliza y le corten las manos, pero me
contengo.
-Dime qué hay que hacer con ella.
-Aseguraos de que la venden al primer traficante que se acerque.