miércoles, 14 de marzo de 2012

Nacionalicemos la miseria

Leído hoy en "El País":



En otras palabras, seguimos con la política de privatizar los beneficios y nacionalizar las pérdidas. O sea que, una vez más, las pérdidas por la mala gestión de la banca las pagaremos usted y yo de nuestro bolsillo. Y ese dinero saldrá de lo que a mí me bajan como empleado público, o de los impuestos que a todos nos suben, o de lo que dejaré de cobrar cuando me cesen, o de las ayudas que dejarán de cobrar quienes lo necesiten. Porque claro, la caridad bien entendida empieza por uno mismo, y la Banca que nos gobierna (con nuestros votos, os lo recuerdo) no va a legislar si no es en su favor, y su Gobierno tiene que ahorrar en gastos sociales para asegurarse suficiente liquidez con la que devolver los favores.
Si serán piratas los banqueros, que el más famoso se llama Botín...

jueves, 8 de marzo de 2012

Cánticos de la lejana Tierra, de Arthur C. Clarke.

A pesar de que últimamente me he desahogado con algunos artículos de opinión, el propósito original de esta bitácora era tratar sobre literatura e historia. Bueno, pues retomemos el hilo primordial.

Hoy se ha publicado en LaRevelación un artículo mío sobre Arthur C. Clarke y su novela "Cánticos de la lejana Tierra".

Podéis acceder al artículo pinchando AQUÍ

Espero que os guste.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Curiosidades de las gaviotas

Las gaviotas son unas aves voraces, detritívoras, es decir, se alimentan de despojos ajenos, y oportunistas, muy hábiles en robar el sustento de otras especies. Son también conocidas por su gran producción de excrementos. Esto es lo típico de esos pajarracos marinos de la familia Laridae.

Otras gaviotas, igualmente voraces, son de costumbres decimonónicas. Aclimatadas a la brisa del mar, añoran los tiempos en que nos dominaba un fresco general procedente de Galicia. Siempre es mala idea alimentar a las gaviotas, porque cuando se meten en vuestra casa no hay forma de sacarlas y pueden llegar a anidar en vuestro hogar.

Cuando os despidan por haber estado enfermos, os cesen por una previsión de déficit, o descubráis que nuestra prima de riesgo se dispara pese a la "confianza de los mercados", recordad que no debisteis alimentar a las gaviotas.
Partido Popular

jueves, 23 de febrero de 2012

Yo también soy el enemigo

Mariano Pérez apuraba su último cigarrillo junto al paredón, preguntándose cómo había llegado a meterse en ese lío. Se preguntaba cómo se aprobó una ley que concedía a las corporaciones la autoridad para tener sus propias fuerzas de seguridad, o cómo se permitió que la aplicación de la ley en el recinto de la empresa quedase a su cargo, incluyendo la responsabilidad de hacer cumplir la propia ley y, en su caso, de ejercerla. Se preguntaba cómo fue posible que un directorio tecnocrático elegido por la CEOE y las agencias de valoración de riesgos gobernase el país, eligiese a los ministros y supervisara al Presidente y al Parlamento, hasta que una reforma constitucional acabó suprimiendo el sufragio universal para elegir a dichas instituciones. Se preguntaba cómo se había llegado a prohibir el derecho de manifestación pacífica "para poder seguir siendo libres en un país libre". Mientras fumaba el último cigarrillo en el paredón de su empresa, las fuerzas de seguridad, uniformadas de caqui y con armas automáticas, apuntaron cuidadosamente hacia su pecho. Mientras sonaban las descargas, recordó que él también había creído que saldríamos de la crisis...
¿Exagerado? Sí, por supuesto, pero a veces sólo la hipérbole y la reducción al absurdo pueden despertarnos de la siesta de la desconexión cerebral. Una vez hecha la entrada en escena y despejadas las mentes, puedo ponerme serio y hablar de las últimas novedades políticas que, como de costumbre, no apruebo.
¿Voy a meterme entonces con Rajoy? En absoluto. Un político de derechas tiene la obligación de hacer política de derechas; si le votan los que no están de acuerdo con esa política, la culpa es de la necedad de los votantes, no de los políticos. Empezaremos con la reforma laboral, pero es posible que no me quede ahí...


1.- Abaratamiento del despido para crear empleo.
Para hacerlo más sencillo, recurriremos a un ejemplo de la vida cotidiana. Supongamos que no sé si comprar ciruelas o albaricoques; indeciso como estoy, llego al mercado y veo que los albaricoques están más baratos: pues los compro. El vendedor sabe perfectamente que si abarata los albaricoques, aumenta la venta de albaricoques. Si, por el contrario, abarata las ciruelas, aumentará la venta de ciruelas. ¿Hace falta ser un genio para ver que si abaratamos el despido aumentará el despido? Y no es solo oratoria barata. Podéis rebuscar vosotros mismos en las hemerotecas y comprobaréis que jamás un abaratamiento del despido ha creado empleo; por el contrario, cada reforma laboral retrógrada ha incrementado las cifras del paro. Esta vez no será una excepción, y ya hay empresas que han puesto a sus gestores a hacer cuentas: cuánto me costará despedir a un veterano y cuánto ahorraré en trienios, complementos, carrera profesional y privilegios si lo sustituyo por un novato eventual y precario. Cuanto más barato salga el despido, más se desequilibrará la cuenta y más probable será que tengamos que decir adiós a algunos de nuestros compañeros. Al final, la cancioncilla de "la sexta" tendrá algo de profético cuando dice aquello de "cuando nos despidan con un beso, en lugar de la indemnización"

2.- Reducción de sueldos.
Ésta sí que es buena. Ya no basta con que una empresa con beneficios haga ERE a su antojo (como Telefónica, por ejemplo), aumentando su balance a costa de la prestación por desempleo (o sea, de nuestros bolsillos). Ahora, una empresa podrá reducir el sueldo a sus trabajadores si reduce sus beneficios aunque no tenga pérdidas, o para "mejorar su competitividad". Ojo al dato, señores. Porque, ¿cuánto tienen que reducirse los beneficios para que el empleador decida que gana poco? ¿Cada vez que disminuyan las ventas o aumente la competencia podrá cuadrarse el balance a costa de los trabajadores? ¿Podrá Telefónica (o Endesa, o Mercadona) bajar el sueldo a sus empleados cada vez que aceptemos una oferta de la competencia? Y esa es otra. ¿Qué es eso de mejorar la competitividad? ¿Con quién hay que competir? ¿Con las otras empresas del sector? ¿Entraremos entonces en una espiral de sueldos a la baja, en una perversa subasta holandesa donde ganará el peor postor? Eso poniéndonos a buenas, porque ya puestos podría ser "mejorar la competitividad" en comparación con China. Al parecer, las únicas soluciones para evitar la deslocación de empresas son que los chinos cobren sueldos de español o que los españoles cobren sueldos de chino, y el gobierno ha optado por la segunda opción.

3.- Limitación del pago en efectivo para reducir el fraude fiscal.
Una idea genial, porque cuando uno defrauda lo hace declarando haber pagado en efectivo, o haber cobrado en efectivo. Nadie paga o cobra en efectivo a escondidas. Y, por supuesto, todo el que paga en efectivo lo hace para defraudar. No sé si es una broma de mal gusto, una tomadura de pelo o una estupidez. Después de nombrar ministro de economía a uno de los hombres de Lehman Brothers, cualquier cosa es posible. En realidad, el único resultado de dicha norma (y la única intención, permítanme ser malpensado) es enriquecer más aún a la banca. A partir de ahora, nada de ir al banco y exigir un reintegro en efectivo para comprar un coche, adquirir unos billetes de avión, negociar nuestras vacaciones o pagar la reforma al albañil: a pagar con talones que generarán sustanciosas comisiones, o a hacer transferencias con el mismo resultado. La lucha contra el fraude se convierte así en un castigo colectivo, en el que todos tendremos que rascarnos el bolsillo para un resultado nulo. Repito: nulo. Porque si le pago en negro al albañil, nadie lo sabrá nunca; la ley sólo me afectará si se sabe que le he pagado y que lo he hecho en efectivo. Ahora viene el retorcido argumento de que el albañil no querrá cobrar en negro si luego no puede gastarse ese dinero. Y de nuevo se puede contestar a la sandez de nuestros gobernantes: quien cobra en negro, gasta en negro, so tarugos, a no ser que el defraudador sea tan tonto de gastar en blanco, en cuyo caso lo pillaréis igual independientemente de cómo cobrase en su día. No sé si nos gobierna una caterva de imbéciles o si sólo se lo hacen para tomarnos por imbéciles a nosotros.

4.- El pueblo es el enemigo.
Esta semana no sólo hemos visto cargas policiales en Valencia contra manifestaciones estudiantiles: también hemos soportado una ristra de sandeces al respecto, que es lo que verdaderamente me ha asustado. Empezamos por la calificación de "enemigo" para el pueblo, una visión propia de finales del XIX y principios de XX, cuando las avenidas de los ensanches se diseñaron para permitir las cargas de caballería o el uso de la artillería en los cruces, cuando una de las misiones de las fuerzas de seguridad (incluido el ejército de recluta forzosa) era reprimir duramente manifestaciones y reuniones, cuando cualquier fábrica podía pedir al gobierno que aplastase una huelga. Considerar que los manifestantes son el enemigo de la policía, en lugar del pueblo al que la policía debe proteger, nos devuelve al capitalismo salvaje y nos recuerda que el sueño del estado del bienestar está definitivamente desvanecido. Pero luego aparece Gallardón y nos dice que las cargas policiales son "para que podamos seguir siendo libres en un país libre". No sé si me acojona más la paradoja de considerarme libre porque limiten mi libertad de reunión y manifestación pacífica, o el hecho de que ese "libre" me suena  a la "Una, Grande y Libre" que adornaba el águila de San Juan en el escudo franquista; madre, qué miedo, de verdad. Y aún sorprende más que buena parte de la población defienda las cargas "porque la manifestación era ilegal" o "porque cortaban el tráfico". ¿Quién decide si una manifestación es legal? El gobierno; por tanto, un gobierno sólo tiene que no autorizar las manifestaciones que no le convengan para poder usar la contundencia cuando le dé la gana. Curiosa circunstancia que no puedo aprobar en absoluto. La resistencia pacífica es un derecho del pueblo soberano, sea aquí o en Túnez, y no podemos admirar en poblaciones ajenas lo que reprochamos en la nuestra. No podemos admirar a los indios por tumbarse en las vías del ferrocarril colonial británico y luego condenar a nuestros estudiantes por cerrar al tráfico una avenida. No podemos divinizar a Gandhi y demonizar a nuestros jóvenes. Y respecto al corte de tráfico, ¿queréis decirme que una comodidad ciudadana es más importante que una libertad ciudadana? ¿Debemos entonces golpear a todo el que corte la circulación viaria, sea por el motivo que sea? Porque en tal caso vamos a pasarnos el mes de marzo hostiando a las falleras.
Por cierto, si queréis quejaros podéis hacerlo en:
http://www.elsindic.com/es/presentar-una-queja-sin-firma-digital.html
Yo ya lo he hecho.

5.- La sanidad en Italia... y en España.
Este martes (21 de febrero) hemos sabido que en la región del Lacio el tiempo para ser atendido en Urgencias de un hospital oscila entre 24 horas y cuatro días (!), y que casualmente esto ha pasado en los últimos meses, desde que se redujo las plantillas de los servicios sanitarios. Pues hala: "cuando las barbas de tu vecino veas cortar...". Porque os recuerdo que, al menos en la Comunidad Valenciana, se va a producir un recorte sanitario que va a dejar en mantillas al sufrido por los italianos. Ya vamos mal y la atención en Urgencias no es lo que debería ser, así es que imaginad cuando las plantillas se reduzcan  a la mitad: en vez de atenderte a las dos horas, será a las cuatro; no te llegarán las pruebas en cuatro horas, sino en ocho; no empezarán a tratarte en seis horas, sino en doce; no te irás a casa en doce horas, sino en veinticuatro. Ese, al menos, era el iluso cálculo que yo me había hecho, pero el ejemplo italiano demuestra que podría ser peor. De momento, el primer resultado de los anuncios de recortes ha sido una auténtica explosión de contrataciones de seguros médicos privados. De nuevo, ganan los de siempre.

Y eso es todo por hoy.
Ahora, a esperar vuestros comentarios.


martes, 3 de enero de 2012

La España que nos merecemos

Hoy ha declarado, por fin, el escolta de Camps. Podría haber sido algo así...
-¿Es cierto que le prestó al señor Camps 3300 euros para comprarse un traje?
-¡Claro, Señoría! El Paco, que es muy amigo mío, me dijo: "¡Che, Manolo! ¿Que no tendrás 3300 euros para que me compre un traje?". Y yo le dije: "¡Pos claro, Paco, que yo siempre llevo encima 3300 euros por si me apetece tomar un cafelito o por si me entran ganas y me hago una empanadilla".

Pero claro, iba a quedar poco creíble, así es que el escolta, animado desde el banquillo por Camps, ha intentado suavizarlo un poco: sólo le prestó 200 euros, cosa que además hacía con frecuencia. Porque claro, cuando uno es el Molt Honorable y paga en efectivo trajes de 3300 euracos, es lo más normal del mundo (y muy verosímil) que el señor "director de moda" no le fíe 200 para apuntar en su cuenta. Todo ello mientras Camps sigue gesticulando en plan "envida, envida, que no llevan nada", que a estas alturas ya no sabemos si el Molt Honorable es el imputado, el intérprete para sordomudos del Telediario o un auxiliar de vuelo escenificando el uso del chaleco salvavidas en el vuelo Valencia-Madrid (imprescindible por si hacemos un amerizaje de emergencia entre dos patos del Manzanares).
Mientras tanto, Ricardito, abatido y arrasado el que fuera soberbio e impertinente, suelta aquello de que él también pagaba en efectivo y que, para comprarse los trajes, sacó el dinero de un cajero automático. A ver, leñe: ¿soy el único español que sabe que los cajeros sólo dan 900 euros por extracción y 1200 al día?
Al final, su esperanza es que, estando también pringados los socialistas (con José Blanco a la cabeza) y la mismísima Casa Real, se pacte hacer la vista gorda o se acuerde un canje de prisioneros.
Lo malo no es que nos tomen por tontos, sino que lo somos; prueba de ello es que volvieron a salir elegidos.

Al tiempo, la división nacional de su camarilla inicia la ofensiva antisocial. Rajoy, que se acaba de caer del Guindos anunciando que no sabía lo mal que estaba el país, no ha tardado ni un mes en romper su palabra e imponer las medidas que prometió no tomar durante su discurso de investidura, demostrando que la palabra de un político no vale ni el aire que ensucia con su aliento. Quien prometió no subir los impuestos, anuncia ahora una subida del IRPF para todos los tramos y un aumento del IBI. Quien puso el grito en el cielo por la congelación de las pensiones, ha decretado una subida de sólo el 1%. Quien prometió sacarnos de la crisis, va a empobrecer a los asalariados congelando, por primera vez en la historia de la democracia, el salario mínimo interprofesional. Quien criticó a los socialistas por "tocar el sueldo a los funcionarios" ha ordenado una nueva congelación salarial (la enésima) y un aumento del horario (con reducción del sueldo si no se acepta). Quien dijo que no quería perjudicar los servicios públicos, acomete una drástica reducción de plantillas, con amortización de las plazas de los jubilados (sólo se sustituirá un 10%) y grandes recortes en contratos eventuales y acúmulos de tareas. Y esa es otra, la reducción podría llegar al 50% en algunos servicios. ¿Alguien cree que se pueden mantener las calles seguras con menos policías, que se pueden mantener los centros sanitarios con la mitad del personal, o que se puede educar a nuestros hijos con menos profesorado?
Tenemos la España que nos merecemos, porque tenemos la España que hemos votado.

lunes, 14 de noviembre de 2011

El 20 de noviembre y el cuento de La Lechera


De nuevo se acercan las elecciones. Y, de nuevo, iremos a votar (o no) movidos por absurdas promesas irrealizables o, peor aún, por las ilusiones que nosotros mismos nos hemos forjado. Y, como es el tema de moda últimamente, nuestra principal motivación para ir a las urnas será salir de la crisis.

¡Inocentes! ¿Realmente creéis que cualquiera de los dos partidos mayoritarios va a sacarnos de la crisis? Analicemos los hechos...

La crisis.
1) La crisis no ha sido ocasionada por ningún gobierno, al menos no sólo. La crisis ha sido provocada por un sistema económico perverso, que en lugar de producir para satisfacer el consumo se basa en consumir para mantener la producción. Mientras el sentido común nos incita a la austeridad para no agotar recursos económicos y naturales, y para controlar la contaminación y el calentamiento global, los mercados nos empujan al consumo desaforado y a la obsolescencia programada. Los romanos trabajaban menos horas al día que nosotros, y sólo tenían sus callosas manos y unas herramientas elementales, y los monjes medievales (ora et labora) se sostenían con cinco horas de trabajo efectivo al día. Nosotros, con poderosas máquinas que multiplican nuestro esfuerzo, necesitamos trabajar 40 horas semanales para adquirir caprichosos cachivaches que cubren necesidades inexistentes y que se estropearán antes incluso de agotar la garantía legal de dos años, para lo cual ya han descubierto el truco de la "garantía disuasoria", consistente en secuestrarte el producto durante un mes cada vez que se avería. Ni que decir tiene que este sistema es extremadamente frágil, por cuanto se basa en la capacidad de un obrero para comprar el producto de otro, y cada empleado produce para mantener un sistema que se sostiene en el consumo. Si uno de ellos se queda sin empleo, y deja por tanto de comprar, se produce un efecto multiplicador que acaba con media fuerza de trabajo en la calle.
2) La crisis se ha potenciado por un sistema de monocultivo, propio del tercer mundo. España, que arrogantemente presumía de su crecimiento basado en el ladrillo, olvidó la lección de las bancarrotas de Brasil (monocultivo del café), Venezuela (petróleo) o Cuba (tropicales azúcar y tabaco que sus gélidos aliados soviéticos compraban a precio de oro negro). Con unos tipos de interés del 2%, se produjo una fiebre especuladora en la que los créditos se pedían para comprar viviendas en las que no se pensaba vivir, y cuyo único fin era ser vendidas con generosas plusvalías. A nadie le llamó la atención que hubiese ya más viviendas que familias, o que los primeros pagos de cualquier crédito consistiesen en intereses que se doblarían si el tipo de interés se doblaba, es decir, subía un previsible 2% más. Con una subida tan ínfima, el mercado se colmó de viviendas imposibles de pagar, y de carteles de "se vende" sin que nadie comprase. Mientras tanto, todos los poderes fácticos, y he dicho TODOS, se regocijaron en el barro del beneficio fácil. Por cada piso vendido, el gobierno central cobraba un IVA; el autonómico, un impuesto de actos jurídicos documentados; el ayuntamiento, un IBI. Ninguna administración, de ningún partido, estaba interesada en dejar de acuchillar a la pobre gallina de los huevos de oro.
3) La crisis se ha intensificado por la actitud irresponsable de los medios de comunicación, tratando un aumento del 2% de los tipos de interés como si fuese el fin del mundo, y declarando que era la peor crisis desde 1929. Por la de bancos y empresas constructoras, huyendo hacia delante. Por la de la oposición, exagerando el problema para obtener tajada política. Por la del gobierno, que no ha sabido tranquilizar al público.
4) La crisis se mantiene por un principio que ya previó George Orwell en "1984": si se crea riqueza, hay que repartirla; sólo la destrucción de la riqueza permite mantener la desigualdad y el poder. Así, las grandes empresas, las mismas que financian y sostienen a los partidos, se frotan las manos con cinco millones de parados dispuestos a aceptar cualquier clase de condiciones laborales, y con unos españoles acojonados dispuestos a tragar con convenios colectivos a la baja, reducciones de sueldo, abaratamientos de despido y toda suerte de políticas propias del más salvaje capitalismo decimonónico.
5) La crisis se consolida porque los tiburones financieros disfrutan especulando con los altibajos de la bolsa, con los ataques a la deuda soberana, con el mangoneo de las calificaciones de riesgo, con las constantes peticiones de fondos públicos para reflotar empresas centrífugas. Como muestra, un botón: la necesidad de ayuda para el banco de Valencia. Pensemos... El BV es de Bancaja, Bancaja es de Bankia, y Bankia ha obtenido beneficios. ¿No debería ser Bankia quien reflotase el BV? Ah, no, que son entidades jurídicas distintas, claro.

La gestión de la crisis.
Y ahora es cuando os pido que penséis con la cabeza y no con las siglas. Vivimos en un país de competencias atomizadas. Ayuntamientos, diputaciones, autonomías y estado central, en manos de partidos diversos, ejercen el poder sobre áreas que directa o indirectamente influyen en la creación de riqueza y en su gestión. Y aquí es donde debéis deteneros a pensar: ¿quién ha gestionado mal mi dinero? En nuestro caso, fundamentalmente, la Generalitat Valenciana, gobernada por el PP. En las pasadas elecciones, en un milagro de lucidez, los votantes decidieron castigar al gobierno central en unas elecciones autonómicas, por los errores cometidos en un gobierno autonómico que, oh maravilla, salió reforzado en las urnas.Y es que, como decía Marx, la Historia se repite, pero unas veces como tragedia y otras como farsa. Nosotros la reestrenamos como teatro del absurdo.
Podéis votar lo que vuestra conciencia o vuestra convicción os dicte, pero hacedlo con el cerebro y no con la vesícula biliar. Preguntaos si quien ha gestionado tan mal la crisis desde vuestro gobierno autonómico lo hará mejor desde el central, eso es todo lo que os pido.
Y olvidad vuestros sueños de princesas y príncipes azules: ni el partido del BBVA ni el del Santander, ni el de Gas Natural ni el de Endesa, os sacarán de la crisis. Al menos, no este año.

Entonces, ¿voto o no voto?
¡Por supuesto!
En 1933, con un puñado de votos, Hitler inició su ascenso al poder en un país que tenía diez millones de militantes socialistas y comunistas, los cuales se quedaron en casa diciendo aquello de que "todos son iguales", "la república de Weimar es burguesa" y otras chorradas por el estilo. El mismo año, en España, alcanzaba el poder, por las mismas razones, un caradura chillón, incompetente y corrupto llamado Lerroux. SIEMPRE HAY QUE VOTAR. Puede que no te guste ningún partido, pero no votar puede hacer que el gobierno que tengamos sea algún día el peor imaginable. Cuando los españoles salieron en masa a la calle a manifestarse contra la injerencia española en Irak, deberían haberse preguntado por qué el gobierno que nos había metido en ella tenía mayoría absoluta con tan solo el 24% de los votos posibles. Votad, maldita sea, votad.
¿Pero no he dicho que no nos van a sacar de la crisis?
Sí, lo he dicho y me reafirmo en ello. La evolución de la crisis es independiente del resultado de las próximas elecciones, y el 2012 será tan malo o peor que el 2011. Pero hay que ir a votar, porque lo que saldrá de las urnas no es la solución a la crisis, pero sí algo igualmente importante. Vais a votar vuestro modelo de sanidad, de educación, de política social, de relaciones internacionales, de tolerancia moral. Vais a decidir entre la sanidad pública, universal y gratuita o la gestión privada. Vais a elegir entre la escuela laica y de calidad o el refuerzo de la educación concertada. Vais a votar si nos alineamos con la cooperación internacional o no. Vais a decidir si los homosexuales deben o no tener los mismos derechos que los heterosexuales. Vais a forjar el grado de independencia entre Estado e Iglesia. Sea cual sea vuestra decisión, la respetaré, pero votad por esos motivos y no por el cántaro que se tambalea sobre la cabeza de La Lechera.


lunes, 24 de octubre de 2011

Libia: el país donde volvimos a cagarla.

Aunque este sea un “blog” con intenciones históricas y literarias, hoy voy a hablar de política. Y voy a ser políticamente incorrecto, como lo he sido toda mi vida.
            Voy a hablar de Libia.
            Cuando empezó la “primavera árabe” en Túnez, yo empecé mis comentarios políticamente incorrectos. “Sólo he visto velos en el bando de los sublevados, no en el del gobierno; eso me basta para saber a quién debo apoyar”. Todo el mundo me miró mal.
            Le llegó el turno a Mubarrak. Parafraseando la doctrina norteamericana, dije de él: “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Todo el mundo volvió a mirarme mal. Los Hermanos Musulmanes iban cobrando protagonismo. Predije que pronto empezaría la persecución contra los cristianos coptos, y el tiempo tardó muy poco en darme la razón.
            La “primavera” se extendió y le llegó el turno a Libia, cuyo Coronel no me caía particularmente bien, pero del que sabía su capacidad para aguantar el tirón. Occidente se precipitó en congelar fondos y emitir condenas, creyendo que caería con tanta facilidad como otros líderes barridos por el viento del cambio. Pero no. Gadaffi se mostró capaz de resistir. ¿Qué hacer ahora? ¿Arrodillarnos ante él y pedirle perdón? “Discúlpanos, nos equivocamos. Ahora, vuelve a vendernos tu petróleo y tu gas natural”. Imposible. Sin vuelta atrás, sólo cabía derrocarlo y confiar en que el gobierno rebelde pactara con Occidente. Así es que se propuso la “exclusión aérea con fines humanitarios” y yo, como Casandra, advertí que la cosa no quedaría ahí, que intervendríamos activamente para derrocar al tirano y, como en la guerra de Kosovo, bombardearíamos objetivos estratégicos tanto militares como civiles; y, como a Casandra, nadie me creyó.
            Una coronel guapísima y maquillada se convirtió en portavoz de los rebeldes libios. “¡Pobre! ¡Ya veremos lo que tarda en llevar velo!” Y otra vez me miraron mal.
            Amnistía Internacional, así como otras organizaciones, denunció la brutalidad de las tropas “de liberación”, pero decidimos mirar a otra parte y ponernos la pinza en la nariz.
            Los rebeldes, cuando iban ganando gracias a nuestra ayuda, ya manifestaron que no tolerarían “tropas extranjeras”, en referencia a una posible misión de reconstrucción de la ONU, la OTAN o la Unión Europea. Deberíamos habernos mosqueado, pero preferimos seguir creyendo en Los Mundos de Yuppi y continuamos con nuestro apoyo a los sublevados.
            El “Consejo Nacional de Transición” ha anunciado hoy que el país se regirá por la Ley Islámica. Os lo dije. Os lo dije y no me creísteis. Por si fuera poco, acaban de anunciar el triunfo de los islamistas en las elecciones de Túnez. Ahora, solo falta esperar el momento en que Europa sea también una República Islámica y se obligue a nuestras hijas a llevar velo, comer aparte y caminar un metro por detrás de sus maridos.
            Y todo esto es porque Occidente está gobernado por una caterva de gilipollas.