sábado, 10 de enero de 2015

Religión y terrorismo

Un bloguero saudí acaba de recibir 50 latigazos. Rectifico: los primeros 50 latigazos, porque ha sido condenado a 1000. ¿Su delito? Promover el debate crítico en un país controlado por una teocracia. La noticia AQUÍ.
            Con motivo de los espantosos atentados en París (Charlie Hebdo y el Hyper Casher), hemos asistido a un aluvión de condenas, pero al mismo tiempo a otra riada de manifestaciones que distancian el terrorismo de la religión. Por un lado, manifiestos sobre el carácter pacífico del Islam en particular y de lo sagrado de la vida humana en general. Por otro, un recordatorio de los terrorismos no religiosos. Me da igual. Se equivocan.
            Soy ateo. Convencido y militante. No acepto eufemismos del tipo “agnóstico”, “escéptico” o “no creyente”. Soy ATEO, y me enorgullezco de serlo. Se me ha criticado mucho por ello. Parafraseando a alguien (no recuerdo quién, mi memoria tiene límites): decir que falto al respeto a los creyentes en una religión porque odio la religión, es como decir que falto al respeto a los enfermos de cáncer porque odio el cáncer. Independientemente de las creencias religiosas individuales (absolutamente respetables), las religiones organizadas (con una casta que se arroga la exlusiva intermediación con un dios y la interpretación de su voluntad) son una de las peores desgracias que han caído sobre la humanidad. Las esporádicas obras beneficiosas (desde la copia amanuense de libros hasta los comedores caritativos) no llegan a compensar, ni de lejos, los enormes daños que han infligido.
            Todo esto viene a cuento de los espasmos negacionistas que han surgido desde lo de París. Dawkins decía que las personas malas hacen cosas malas, pero que la religión puede hacer que las personas buenas hagan cosas malas. Y esto es lo que quiero desarrollar a continuación.

Los fanáticos solo son un porcentaje de la religión.
            Para que el mal triunfe, solo es preciso que las buenas personas no hagan nada. La frase se atribuye a Einstein, pero la han dicho tantas personas que creo imposible rastrear el origen.
            El problema con la religión es que hay una excesiva tolerancia hacia la susceptibilidad religiosa. Los creyentes se ofenden con facilidad, con MUCHA facilidad, y los demás nos hemos acostumbrado a la autocensura para no tener problemas. Dentro de ellos hay muchos grados, desde los vagamente teístas hasta los que se desuellan las rodillas. Pero el porcentaje de los que calladamente aprueban la venganza contra los blasfemos es muy alto. Son muchos los que han dicho que “no justifican el atentado pero...”. Tradúzcase “no justifico” por “sí, pero no voy a decirlo en voz alta”. “No tenían que haberse metido con Mahoma”. “Es una falta de respeto”. “Sabiendo cómo son, no hay que pincharlos”. Todas esas frases esconden una lamentable falta de condena hacia la desproporción entre la irreverencia y la extinción de una vida humana. Por no hablar de que las creencias son subjetivas y, por tanto, cuestionables. No es peor cuestionar una creencia religiosa que la creencia en el racismo, por ejemplo. A nadie se le ocurriría decir de un racista que “esa es su creencia y tú debes respetarla”. O de un homófobo, un xenófobo, un machista, un nazi... Desde el momento en que las creencias se traducen en actos, son susceptibles de censura, porque nos afectan a todos.
            ¿Porcentaje? Veamos el caso de Arabia Saudí, un estado teocrático que condena a las mujeres que conducen o aplica 1000 latigazos a un bloguero. ¿Podemos hablar aquí de porcentajes? En cuanto la religión (o los religiosos) alcanza el poder, construye una tiranía inaceptable. Esto es cierto para el cristianismo medieval, para Calvino, para los “jueces” del Antiguo Testamento, para el Estado Islámico y para nuestros queridos aliados (proporcionadores de valioso petróleo) de la Península Arábiga. Y millones de personas lo aceptan e incluso lo apoyan. Habría que preguntar cuántos españoles, en 1939, estaban a favor de la connivencia de la Iglesia Católica con el franquismo, cuantos italianos apoyaban las leyes antisemitas emanadas del Vaticano y adoptadas por el fascismo, cuantos católicos austríacos y bávaros se congratularon por las persecuciones religiosas de los nazis. Cuando un millón de personas se manifiesta en Madrid contra el matrimonio homosexual, no podemos hablar de “porcentajes” como si fueran minorías irrelevantes.
            Y además, seguro que son buenas personas, buenos padres y vecinos, que pagan sus impuestos y separan el reciclado. Pero hay una casta sacerdotal que les ha dicho lo que es correcto pensar y lo que es condenable, y les ha enseñado a odiar al blasfemo. Los terroristas no son solo un porcentaje de los religiosos: son el porcentaje que se decide a tomar las armas y hacer lo que muchos millones desean.

También hay terrorismos no religiosos.
            Sí, pero por suerte no son iguales.
            ¿Qué diferencia hay entre un terrorista y un guerrillero? La victoria. Exclusivamente. Si los españoles de mayo de 1808 hubiesen sido finalmente derrotados por Napoleón, hoy hablaríamos de los terroristas que, inducidos por curas y aristócratas, mataron con saña a pobres reclutas franceses que querían instaurar una monarquía ilustrada. Lo mismo diríamos de los separatistas de las colonias norteamericanas contra el rey Jorge, de los maquis franceses o de los partisanos yugoslavos. Diríamos lo mismo de Gandi, incluso. Entre el IRA de Irlanda del sur y el IRA del Ulster solo hay una diferencia: los primeros ganaron y los segundos no.
            Los terrorismos no religiosos son movimientos políticos y militares que triunfan (y entonces dejan de ser terroristas) o son derrotados. Y esa es la diferencia abismal con los religiosos. Se puede derrotar política, policial o militarmente a un terrorismo no religioso, pero es imposible una victoria militar sobre la religión. Los fundamentalistas seguirán reproduciéndose como las cabezas de la hidra, porque su base, la religión, aspira a ser eterna, sus verdades son absolutas y su validez es perdurable. Se puede acabar con una organización islamista, o con los fundamentalistas protestantes norteamericanos que ponen bombas en clínicas abortistas, o con un grupo de colonos judíos ultraortodoxos, y al día siguiente un imán, un predicador o un rabino volverán a encender los ánimos y seguirán atacando a los infieles. Y además, como aspiran al dominio universal, nunca pueden vencer. Los independentistas norteamericanos no querían invadir Inglaterra, ni los guerrilleros españoles poner a Fernando VII en el trono francés, pero para un fundamentalista religioso ningún logro será suficiente. Solo la victoria aplastante y el exterminio físico del enemigo constituyen el fin de la violencia religiosa.

Ahora, si queréis, ponedme una bomba. En nombre de vuestro dios.


7 comentarios:

  1. Enhorabuena Josep, fantástica entrada que comparto. Que me pongan la bomba a mi tambien

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    1. No tendrán bombas suficientes para todos nosotros. Un saludo.

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  2. Siempre he dicho que las religiones y los nacionalismos son el cáncer de la humanidad.
    Ambos se apoyan en la ignorancia y en el miedo (a los diferentes, a los que viven al otro lado de la frontera, al demonio o al juicio final) para imponer sus intereses que siempre suelen ser muy terrenales.
    Bravo, Josep. Valiente y brillante reflexión.
    Otro ateo (cada vez más militante).

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  3. ... ¡No estoy de acuerdo! ... pero cualquiera se atreve... ¡Una bomba!. ¿Cuál, la que usted ha puesto (escribiendo este artículo), o la que no le van a poner?
    No se puede hablar (escribir) de ese modo. ¿Sabe por qué?. Porque los errores humanos se extienden desde hace ya muchos siglos, y hoy, hasta nuestra propia existencia es un error. Un error que, en el mejor de los casos, vivimos como podemos y con el corazón encogido. Cómo se puede hablar tan categóricamente sin caer, al mismo tiempo, en lo mismo que se condena.
    Comience usted una nueva humanidad, no se equivoque nunca, y cuando lo logre, vuelva a publicar esta jaculatoria.
    ¿Sabe por qué comento esto como anónimo?. Porque su seguridad me inspira miedo.

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    1. ¿Mi escrito es una bomba? Es curioso el miedo que los fundamentalistas le tienen a la palabra.
      Ese el el problema, que ustedes creen que "No se puede hablar (escribir) de ese modo.", porque solo hay un modo correcto, el que Dios ha ordenado.
      ¿Y dice Usted que porque los errores son antiguos no hay que denunciarlos? ¿Y que solo tengo derecho a escribir si yo solo construyo un mundo perfecto? ¿Pero de verdad se lee Usted cuando escribe?
      Y, ¿mi seguridad le da miedo? Curioso, muy curioso... Ese miedo a la seguridad ajena daría de comer a más de un psicoanalista. Yo, escritor anónimo, no me oculto. Doy la cara por mis respuestas. No escondo la mano tras tirar la piedra.
      Porque creo en la libertad de palabra y de expresión, esa que a Usted tanto le horroriza.

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