Un año más, el museo L'Iber convoca su concurso de relatos cortos. El plazo de presentación termina el 10 de mayo. Podéis acceder a las bases aquí.
Animaos y participad.
jueves, 28 de abril de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
Nueva reseña en Hislibris: Venganza de Sangre.
Hoy se ha publicado en Hislibris una nueva reseña. Esta vez se trata de Venganza de sangre de Sebastián Roa, un libro que ya os recomendé en su momento (aquí), y que ahora podéis conocer con más detalle visitando la página de Hislibris (aquí).
Os recuerdo que podéis ver el resto de mis reseñas publicadas en la web aquí, y las de este blog haciendo clic en las etiquetas "reseñas" o "eventos".
Os agradezco a todos la atención prestada.
Josep.
Os recuerdo que podéis ver el resto de mis reseñas publicadas en la web aquí, y las de este blog haciendo clic en las etiquetas "reseñas" o "eventos".
Os agradezco a todos la atención prestada.
Josep.
viernes, 15 de abril de 2011
Presentación en L'Iber de “Caminarás con el sol”, de Alfonso Mateo Sagasta.
1517. La expedición de Francisco Hernández de Córdoba bordea la península deYucatán, a la que creen una isla, y fondea frente a un lugar que hoy llamamos Champotón. 110 hombres desembarcan para repostar agua y al punto son atacados por los indios. La sorpresa hace mella en los expedicionarios. Acostumbrados a indios dóciles o fáciles de vencer, no entienden una reacción tan violenta. Tampoco comprenden por qué se les han acercado sigilosamente, ni por qué gritan una palabra demasiado familiar, “castilian”, ni cómo saben dónde apuntar para sortear las armaduras, ni cómo han reconocido quién es el jefe, al que intentan matar con especial interés, ni por qué rehuyen el cuerpo a cuerpo. 57 españoles mueren, dos son capturados, el capitán queda malherido y todos los supervivientes, salvo uno, han sido alcanzados por las flechas. Esos indios conocen a los españoles, está claro. ¿Cómo es posible? Pues porque los dirige un español: Gonzalo Guerrero.Estamos de nuevo en L’Iber, en el Carrer dels Cavallers. Esta vez es para la presentación de “Caminarás con el sol”, de Alfonso Mateo Sagasta. Alfonso (Madrid, 1960), Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ha sido librero, arqueólogo, escritor y habitual ganador de premios literarios. Es el autor de varias novelas, todas ellas de reconocida calidad, como “Ladrones de tinta”, “El olor de las especias”, “El gabinete de las maravillas”, “Las caras del tigre” y la que hoy nos ocupa.
“Caminarás con el sol” cuenta la historia de Gonzalo Guerrero, veterano de la Guerra de Granada y de Ceriñola y uno de los españoles que participó en la conquista de la Tierra Firme. Capturado por los indios tras un naufragio, se salva de ser sacrificado y devorado como algunos de sus compañeros para ser convertido en esclavo. Con el tiempo se integrará tan plenamente en el universo de sus captores que se convertirá en un líder y en la pesadilla de los conquistadores, a los que mantendrá en jaque durante 20 años.
En la mesa se respira un ambiente distinto tras las miniaturas de soldados españoles y guerreros indios. Las miradas cómplices, las amplias sonrisas y los músculos relajados demuestran que esta vez se trata no sólo de respetados contertulios, sino de auténticos amigos. Alejandro Noguera, anfitrión y director de L’Iber, nos introduce al mundo maya en su ocaso, a la conquista española y a la figura del protagonista, terrible traidor para los españoles, héroe nacional para los mexicanos.
Junto a Alejandro, oficia de presentador Juan Miguel Aguilera (Valencia, 1960), diseñador industrial y escritor al que este humilde escribano recuerda por su genial “Mundos en el abismo” (de 1988, nada menos), pero al que encontraréis más fácilmente en las librerías si preguntáis por “La red de Indra”. Reivindica la novela “de frontera” y lamenta que los españoles no hayamos sido capaces de sacar provecho a la épica de la conquista de todo un continente, a diferencia de los norteamericanos y su “conquista del Oeste” (en sus dos versiones, indio-malo/blanco-bueno e indio-bueno/blanco-malo).
Los tres rememoran industrias y andanzas, construyen una completa semblanza de la época y de la región, nos recuerdan que una y otra eran de una gran violencia, desautorizan creencias comunes como la del “buen salvaje”, destacan la importancia de quienes cambiaron de uno a otro bando (de grado o por la fuerza) y disfrutan tanto como nosotros, encandilado público.
Es el momento de comprar el libro quienes aún no lo han hecho. Bajamos hasta la librería y entre vino rosado y empanadillas (chincha rabiña, Ariodante, que me comí las mías y las tuyas) agobiamos al pobre autor, que no puede ni sentarse. Después, a cenar a un restaurante vecino, que no sólo de empanadillas vive el autor.
jueves, 7 de abril de 2011
II Encuentro de Hislibris en Valencia
Sí, ya sé que prometí hablar de Historia de la Medicina o de la Edad del bronce, pero esta semana sería inapropiado dado la que nos va a caer en Valencia. Nada menos que el II encuentro de Hislibris.
Los actos empezarán el viernes 8 de abril. A las 7 de la tarde, en el Palacio de Malferit (Centro Cultural L’Iber, calle Caballeros, 22) tendrá lugar la entrega de los II Premios de literatura histórica de Hislibris. Habrá vino y empanadillas, así como otras bebidas más frías y no derivadas de la uva, algunas de ellas no alcohólicas (un desperdicio, vamos). No sé si hay prevista cena posterior, pero dudo que yo me acueste pronto.
El sábado 9 de abril, a las 11:30 de la mañana, habrá charlas y mesas redondas, también en L’Iber. Creo que yo participo en una, donde me pondré pesado otra vez con la obligación moral del novelista de no propagar el error. Luego nos iremos a comer, que hay que reponer fuerzas para la que se avecina.
Finalmente, el domingo 10 volveremos al Bibliocafé, para ver la presentación, a las 12 del mediodía, de la colección "El Periscopio" de Ediciones Evohé, libros sobre viajes en el tránsito del siglo XIX al XX.
Además, este jueves se inaugura la Feria del Libro.
Como veis, oferta cultural no nos va a faltar. Así es que animaos, que quiero veros a todos (y beber con vosotros, por supuesto)
lunes, 21 de marzo de 2011
"El hechizo de Caissa" y "Venganza de Sangre": dos libros que SÍ me han gustado
Ante todo, debo pediros a todos disculpas por el descuido con que he tratado esta bitácora. Ya sé que todos trabajamos y que los agobios laborales no deberían ser una excusa, pero a veces ya no queda tiempo que arañar de ninguna parte.
Deseo recomendar la lectura de dos libros: “El hechizo de Caissa”, de Fernando Ortega, y “Venganza de Sangre”, de Sebastián Roa.
“El hechizo de Caissa” es la ópera prima del valenciano Fernando Ortega, uno de los muchos exalumnos del taller literario que Antonio Penadés imparte en el Palacio de Malferit de Valencia. Su presentación el pasado 3 de marzo en dicho palacio fue una de las mejores que he tenido el placer de disfrutar, con un autor que, en palabras de nuestro común maestro Antonio, “habla tan bien como escribe”. O deberíamos decir que “escribe tan bien como habla”, a juzgar por la enorme calidad del texto, un castellano casi perfecto y con una estructura magnífica: la palabra precisa, la frase exacta, la corrección ligüística y estilística.
La novela nos cuenta la historia de Marcos, un muchacho argentino de cinco años, desarraigado de su familia y de su país tras un extraño proceso de adopción que lo lleva a la lejana y desconocida España. Su padre adoptivo, Roberto, no parece entusiasmado ni acogedor, y el chico crece en un ambiente lacónico y frío. Por si fuera poco, un día descubre que ha sido poseído por Caissa, la musa del ajedrez, al tiempo que su padre (apasionado jugador) se niega a ser su maestro en los secretos de ese arte. Marcos soslayará la prohibición paterna y buceará por sí mismo en los abismos de una afición atractiva y adictiva que dictará tiránicamente cada uno de sus pasos en la vida.
Hay AQUÍ una crónica de la presentación en la página Web de La Revelación, pergeñada por este humilde corresponsal. Y AQUÍ tenéis una reseña de la novela, ejecutada con maestría por Ariodante.“Venganza de Sangre” es la tercera novela de Sebastián Roa, tras Casus belli, y El caballero del alba (con reseña en Hislibris AQUÍ). Cambiamos pues de un novel a un veterano.
“Venganza de Sangre” se presentó el 19 de diciembre en el Bibliocafé de Valencia, evento del que ya se hizo eco Hislibris AQUÍ, y fue también un magnífico espectáculo (en el sentido literal de la palabra, puesto que incluyó una breve representación). Estamos, en palabras de Santiago Posteguillo, ante una novela que “ha venido para quedarse”. Jó, qué envidia; nadie dice lo mismo de lo que yo escribo. ¿Exagera el maestro Posteguillo? En absoluto. Estamos ante una novela que aúna el perfecto tratamiento psicológico y vital de los personajes con un romántico espíritu de aventuras, todo ello con una corrección que roza la perfección.
El pequeño Duran D’Avesnes se encuentra en Malta durante la guerra que enfrenta a aragoneses y angevinos por el control del Mediterráneo Occidental; su padre muere en combate y su madre es vilmente forzada y asesinada ante sus ojos. Él mismo es rescatado de la muerte por el honorable aragonés Artal de Exea, que jura vengar la ignominia de la que el muchacho ha sido objeto y educarlo como un caballero. Duran, convertido en Blasco de Exea, acabará convirtiéndose en un monje templario en el peor momento posible, cuando las intrigas de Felipe el Hermoso de Francia provocan la disolución de la Orden y la persecución inmisericorde de los freires. La novela nos narra, por una parte, las aventuras de Blasco por Cerdeña, Escocia, Aragón, Valencia y Sicilia. Por otra nos muestra las mezquindades del poder y de los poderosos en una época en que está en juego nada menos que la supremacía en el Mediterráneo.
Bueno, para un análisis más detallado tendréis que esperar a la reseña que aparecerá en Hislibris. O podéis comprar el libro, cosa que os recomiendo.
Aprovecho para anunciar que tengo la intención de desarrollar dos líneas más de entradas en el Blog. La primera se centrará en la Historia de la Medicina, la segunda en la Edad del Bronce. Toda aportación al respecto es bienvenida.
Un abrazo y hasta pronto.
lunes, 28 de febrero de 2011
"El ejército romano" en L'Iber
Para quienes vivimos en Valencia, y para los que os podáis acercar, una buena noticia: en L’Iber, el museo de los soldaditos de plomo, habrá durante el mes de marzo un ciclo de conferencias sobre el ejército romano impartidas por el Dr. Nicholas Sekunda.
Nicholas Sekunda es Dr. en Historia Antigua y Arqueología, profesor de las Universidades de Oxford, Manchester, Torum y Gdansk (Polonia), y cuenta con más de 70 publicaciones científicas y divulgativas, entre las que destaca la conocida serie Osprey de época griega y romana.
La primera conferencia del ciclo, "Los orígenes del ejército romano", es el próximo martes 1 de marzo a las 19:30’. Las siguientes, los martes 8 y 22 del mismo mes.
Para quienes no sepan dónde es, L’Iber se halla en el Palacio de Malferit, Carrer dels Cavallers 20 y 22, frente al Teatro Thalía.
viernes, 14 de enero de 2011
Dos libros que no me han gustado: "Cómo no escribir una novela" y "El peor de los males"

Cómo NO escribir una novela. Howard Mittelmark y Sandra Newman.
Un mal libro, una deshonesta recopilación de manías personales.
El título es atractivo, las críticas citadas son positivas, el tono es humorístico. Los autores, aunque identificados en la contraportada especialmente por su faceta de escritores, asumen el papel de un hipotético editor analizando cuáles son los errores que puede cometer un escritor novel y enseñan cómo evitarlos. Promete mucho, decepciona pronto.
Para empezar, es excesivamente maniqueo. Los textos que incurren en uno solo de los muchos errores descritos son directamente catalogados como “impublicables”. Aunque los ejemplos humorísticos expuestos son, precisamente, inaceptables, su mismo carácter hiperbólico impide saber qué grado de error es aceptable para el presunto editor, si es que hay algún grado de tolerancia.
En segundo lugar, el título debería ser “cómo escribir una novela de Dan Brown”. El objetivo del libro no es la calidad literaria, sino tan sólo “ganar un mogollón de pasta” (textualmente), sacrificando lo que sea necesario con tal fin. La velocidad de lectura, la trama adictiva, el famoso “ritmo trepidante”, son lo único que cuenta. Paradójicamente, el autor/editor consideraría “impublicables” muchos textos y escritores consagrados. Nada de describir la ropa de los personajes: fuera Dominique Lapierre, fuera Raymond Chandler. Nada de descripciones de los escenarios: adiós a Blasco Ibañez. Nada de describir lo que comen los personajes (ridiculizado como “canal cocina”): adiós a Gisbert Haefs. Nada de monólogos interiores: hasta nunca, Yourcenar. Nada que interrumpa el ritmo de infarto, ese que “engancha” (maldita palabra, maldita tendencia).
En tercer lugar, se asume que el lector es un semianalfabeto cuyo único valor es su capacidad de consumo. Se condena el uso de cultismos o la complejidad de la escritura.
En cuarto lugar, algunos de los “errores” son simplemente preferencias individuales, cuando no simples fobias. El autor/editor considera “impublicable” una novela donde aparezca un padre maltratador, “porque es tan poco atractivo en la ficción como en la vida real”: obviamente, “Avenida del Parque 69” es impublicable. Tampoco le gustan los ambientes malsanos y desagradables: “El perfume” de Süskind es impublicable. No se puede relatar la vida cotidiana, ni los problemas de sobrepeso del protagonista: “El diario de Bridget Jones” es impublicable. No se puede retroceder a la infancia del personaje: impublicables “Aníbal” de Haefs, “Africanus” de Posteguillo; impublicable Mary Renault. Nada de gatos, nada de características físicas desagradables...
En quinto lugar, se orienta excesivamente al gusto norteamericano, incluyendo lo políticamente correcto. Aunque critica la corrección política en lo que llama “el vikingo vegetariano”, sin embargo considera impublicables aquellas obras donde no aparezcan mujeres o minorías étnicas. Así mismo, son impublicables los textos que contradigan la visión política generalizada.
Por supuesto, el libro contiene valiosos consejos (como dice un amigo mío, “un reloj parado también da la hora correcta dos veces al día”), pero no puede, ni debe considerarse un texto definitivo ni un manual de estilo.
Al menos, es breve y no muy caro.
Ficha técnica.
Título: Cómo NO escribir una novela.
Autor: Howard Mittelmark y Sandra Newman.
Editorial: Seix Barral. Barcelona, 2010.
Bolsillo. 310 páginas.
PVP: 18 euros
Un mal libro, una deshonesta recopilación de manías personales.
El título es atractivo, las críticas citadas son positivas, el tono es humorístico. Los autores, aunque identificados en la contraportada especialmente por su faceta de escritores, asumen el papel de un hipotético editor analizando cuáles son los errores que puede cometer un escritor novel y enseñan cómo evitarlos. Promete mucho, decepciona pronto.
Para empezar, es excesivamente maniqueo. Los textos que incurren en uno solo de los muchos errores descritos son directamente catalogados como “impublicables”. Aunque los ejemplos humorísticos expuestos son, precisamente, inaceptables, su mismo carácter hiperbólico impide saber qué grado de error es aceptable para el presunto editor, si es que hay algún grado de tolerancia.
En segundo lugar, el título debería ser “cómo escribir una novela de Dan Brown”. El objetivo del libro no es la calidad literaria, sino tan sólo “ganar un mogollón de pasta” (textualmente), sacrificando lo que sea necesario con tal fin. La velocidad de lectura, la trama adictiva, el famoso “ritmo trepidante”, son lo único que cuenta. Paradójicamente, el autor/editor consideraría “impublicables” muchos textos y escritores consagrados. Nada de describir la ropa de los personajes: fuera Dominique Lapierre, fuera Raymond Chandler. Nada de descripciones de los escenarios: adiós a Blasco Ibañez. Nada de describir lo que comen los personajes (ridiculizado como “canal cocina”): adiós a Gisbert Haefs. Nada de monólogos interiores: hasta nunca, Yourcenar. Nada que interrumpa el ritmo de infarto, ese que “engancha” (maldita palabra, maldita tendencia).
En tercer lugar, se asume que el lector es un semianalfabeto cuyo único valor es su capacidad de consumo. Se condena el uso de cultismos o la complejidad de la escritura.
En cuarto lugar, algunos de los “errores” son simplemente preferencias individuales, cuando no simples fobias. El autor/editor considera “impublicable” una novela donde aparezca un padre maltratador, “porque es tan poco atractivo en la ficción como en la vida real”: obviamente, “Avenida del Parque 69” es impublicable. Tampoco le gustan los ambientes malsanos y desagradables: “El perfume” de Süskind es impublicable. No se puede relatar la vida cotidiana, ni los problemas de sobrepeso del protagonista: “El diario de Bridget Jones” es impublicable. No se puede retroceder a la infancia del personaje: impublicables “Aníbal” de Haefs, “Africanus” de Posteguillo; impublicable Mary Renault. Nada de gatos, nada de características físicas desagradables...
En quinto lugar, se orienta excesivamente al gusto norteamericano, incluyendo lo políticamente correcto. Aunque critica la corrección política en lo que llama “el vikingo vegetariano”, sin embargo considera impublicables aquellas obras donde no aparezcan mujeres o minorías étnicas. Así mismo, son impublicables los textos que contradigan la visión política generalizada.
Por supuesto, el libro contiene valiosos consejos (como dice un amigo mío, “un reloj parado también da la hora correcta dos veces al día”), pero no puede, ni debe considerarse un texto definitivo ni un manual de estilo.
Al menos, es breve y no muy caro.
Ficha técnica.
Título: Cómo NO escribir una novela.
Autor: Howard Mittelmark y Sandra Newman.
Editorial: Seix Barral. Barcelona, 2010.
Bolsillo. 310 páginas.
PVP: 18 euros
El peor de los males. Thomas Dormandy.
Debería llamarse “el peor de los libros”.
Procedí a su compra ilusionado por tratarse de Historia de la Medicina. Doblemente ilusionado por el tema (historia del tratamiento del dolor), triplemente por barrer desde la antigüedad a la edad moderna, cuádruplemente por ser un ensayo escrito por un supuesto profesional en la materia (un “patologista químico”, sea lo que sea eso en el sistema británico). Cuádruple decepción.
El libro, aunque estructurado en capítulos que aparentemente implican una sistemática seria, es una recopilación de anécdotas, algunas de ellas claramente espurias, otras de difícil credibilidad, otras insuficientemente contrastadas, mezcladas con datos aparentemente verídicos pero cuyo crédito se ve dañado por la duda que ya se ha instalado en el ánimo del lector mínimamente instruido: si ya he pillado tantos gazapos, ¿cómo voy a creerme lo que viene a continuación? Como el listado de churros sería agotador, incluiré sólo algunas de las “perlas” con las que nos obsequia el autor.
En la introducción se nos narra una anécdota sobre Larrey, el cual, tras dejar inconsciente de un puñetazo a un enfermo inquieto (un anónimo coronel), aprovechó la circunstancia para extraerle una bala. Nada que objetar de momento: algunas anécdotas, a la par que indemostrables, son así mismo imposibles de desautorizar. Lo que ya resulta curioso es la afirmación posterior del autor: “golpear a los pacientes hasta dejarlos inconscientes es uno de los métodos de anestesia más antiguos que existen”. Al parecer, Dormandy estudió Historia de la Medicina con los tebeos de Mortadelo y Filemón o escuchando las tópicas chanzas de sus vecinos.
Pero no acaba ahí la cosa. Unas páginas más adelante, resulta que “según la tradición”, César nació por cesárea, y aventura que a ello debe su nombre, que procede de caedo, “cortar”. Qué etimología más fácil y más tonta para esa palabra y ese personaje, además de corresponder a una leyenda tan extendida como falsa y, esta vez sí, claramente falsable. No sólo sabemos que César no nació de esa forma, sino que se conoce la Lex Cesárea, la que establecía que debía abrirse el vientre de toda mujer fallecida durante el final del embarazo o periparto a fin de intentar salvar la vida del nonato. Y no, ni siquiera fue ese César quien la promulgó. Aunque mucha gente lo ignore, hubo cónsules en la familia antes del nacimiento de su miembro más famoso.
Llega el momento del vino, clásico tratamiento tanto del dolor crónico como del agudo, momento en que se nos informa de que sólo los dioses y los humanos beben por motivos distintos de saciar la sed (para asentar lo cual nada mejor que una cita de Plinio). Al parecer sólo los humanos sienten pulsión por el alcohol. Bueno, a los monos les encanta robar las bebidas alcohólicas de los turistas y, además, la cantidad de alcohol ingerido los divide en tres grupos (abstemios, bebedores moderados y alcohólicos) cuyo porcentaje, sorprendentemente, es idéntico al de los seres humanos. Pero lo peor es que no hace falta ser un experto zoólogo para demostrar esa falsedad: todos hemos visto los vídeos de animales de la sabana devorando con avidez los frutos fermentados de marula, y nos hemos reído con el ñu que trastabilla. Yo, personalmente, aún recuerdo cómo el periquito que tenía de pequeño se posaba en el borde de mi jarra para beber cava (entonces se llamaba “champán”) y luego se pegaba cabezazos volando ebrio.
Pasamos a Noé y su embriaguez, donde tampoco es que el autor demuestre un gran concimiento de las Escrituras.
También nos habla de Plinio el Viejo y la bodega de exquisitos vinos que guardaba en su casa, para acabar diciéndonos que tanto uno como otra acabaron sepultados por la lava del Vesubio. Pues no, oiga. Plinio el Viejo no llegó a Pompeya, los gases tóxicos acabaron antes con él, y su casa estaba a salvo al otro lado de la bahía, desde donde su sobrino Plinio el Joven describió con todo lujo de detalles lo que aún hoy se llama erupción pliniana.
A todo esto, ¿hemos dicho algo que tenga que ver con el dolor? ¿A que no? ¿He comprado este libro para saber cómo se llamaba el vino favorito de Plinio? Las anécdotas graciosas están bien para adornar el objetivo del texto, pero no para sustituirlo. Además, tratándose de un químico, esperaba que me explicasen cómo actúa el alcohol, cuál es el mecanismo por el que calma el dolor, si es eficaz o no…
Pasamos al opio, donde Dormandy vuelve a perderse por los cerros de Úbeda, y nos obsequia con otras perlas de su ignorancia, como afirmar que el romano Celso era un rico terrateniente que cultivaba la medicina como pasatiempo, y que escribió una “monumental enciclopedia (…) de la que sólo se han conservado seis volúmenes”; si hubiera leído con detalle sus “ocho libros” (no seis), hubiera comprobado que no sólo era médico, sino también un experto cirujano.
Decepción, dolorosa decepción, que se continúa en el capítulo siguiente, el dedicado a las “Raíces, cortezas, frutos y hojas”. Recurre a varias citas de textos antiguos, donde se nombra vegetales diversos y preparados analgésicos, sólo para decir cosas del tipo “a lo mejor era el eléboro, pero a lo mejor no”. ¿Es efectivo el eléboro? ¿Pudo ser usado en la antigüedad? ¿Qué componente es el responsable de sus efectos, si es que los tiene?
En los capítulos siguientes se oscila entre la seriedad y la chorrada, los datos concisos y la divagación, la certeza y la referencia a chismes, durante casi ochocientas insufribles páginas. Hay algunos datos valiosos y útiles, sí, pero no merece la pena soportar el resto del tocho para acceder a ellos.
A veces, ser el primero de tus conocidos en comprar un libro tiene un coste (36 euros en mi caso), pero al menos te da la ocasión de hacer una reseña y desahogarte.
Ficha técnica.
Título: El peor de los males.
Autor: Thomas Dormandy.
Editorial: Machado libros. Colección Papeles del tiempo. Madrid, 2010.
Rústica. 762 páginas.
PVP: 36 euros.
Debería llamarse “el peor de los libros”.
Procedí a su compra ilusionado por tratarse de Historia de la Medicina. Doblemente ilusionado por el tema (historia del tratamiento del dolor), triplemente por barrer desde la antigüedad a la edad moderna, cuádruplemente por ser un ensayo escrito por un supuesto profesional en la materia (un “patologista químico”, sea lo que sea eso en el sistema británico). Cuádruple decepción.
El libro, aunque estructurado en capítulos que aparentemente implican una sistemática seria, es una recopilación de anécdotas, algunas de ellas claramente espurias, otras de difícil credibilidad, otras insuficientemente contrastadas, mezcladas con datos aparentemente verídicos pero cuyo crédito se ve dañado por la duda que ya se ha instalado en el ánimo del lector mínimamente instruido: si ya he pillado tantos gazapos, ¿cómo voy a creerme lo que viene a continuación? Como el listado de churros sería agotador, incluiré sólo algunas de las “perlas” con las que nos obsequia el autor.
En la introducción se nos narra una anécdota sobre Larrey, el cual, tras dejar inconsciente de un puñetazo a un enfermo inquieto (un anónimo coronel), aprovechó la circunstancia para extraerle una bala. Nada que objetar de momento: algunas anécdotas, a la par que indemostrables, son así mismo imposibles de desautorizar. Lo que ya resulta curioso es la afirmación posterior del autor: “golpear a los pacientes hasta dejarlos inconscientes es uno de los métodos de anestesia más antiguos que existen”. Al parecer, Dormandy estudió Historia de la Medicina con los tebeos de Mortadelo y Filemón o escuchando las tópicas chanzas de sus vecinos.
Pero no acaba ahí la cosa. Unas páginas más adelante, resulta que “según la tradición”, César nació por cesárea, y aventura que a ello debe su nombre, que procede de caedo, “cortar”. Qué etimología más fácil y más tonta para esa palabra y ese personaje, además de corresponder a una leyenda tan extendida como falsa y, esta vez sí, claramente falsable. No sólo sabemos que César no nació de esa forma, sino que se conoce la Lex Cesárea, la que establecía que debía abrirse el vientre de toda mujer fallecida durante el final del embarazo o periparto a fin de intentar salvar la vida del nonato. Y no, ni siquiera fue ese César quien la promulgó. Aunque mucha gente lo ignore, hubo cónsules en la familia antes del nacimiento de su miembro más famoso.
Llega el momento del vino, clásico tratamiento tanto del dolor crónico como del agudo, momento en que se nos informa de que sólo los dioses y los humanos beben por motivos distintos de saciar la sed (para asentar lo cual nada mejor que una cita de Plinio). Al parecer sólo los humanos sienten pulsión por el alcohol. Bueno, a los monos les encanta robar las bebidas alcohólicas de los turistas y, además, la cantidad de alcohol ingerido los divide en tres grupos (abstemios, bebedores moderados y alcohólicos) cuyo porcentaje, sorprendentemente, es idéntico al de los seres humanos. Pero lo peor es que no hace falta ser un experto zoólogo para demostrar esa falsedad: todos hemos visto los vídeos de animales de la sabana devorando con avidez los frutos fermentados de marula, y nos hemos reído con el ñu que trastabilla. Yo, personalmente, aún recuerdo cómo el periquito que tenía de pequeño se posaba en el borde de mi jarra para beber cava (entonces se llamaba “champán”) y luego se pegaba cabezazos volando ebrio.
Pasamos a Noé y su embriaguez, donde tampoco es que el autor demuestre un gran concimiento de las Escrituras.
También nos habla de Plinio el Viejo y la bodega de exquisitos vinos que guardaba en su casa, para acabar diciéndonos que tanto uno como otra acabaron sepultados por la lava del Vesubio. Pues no, oiga. Plinio el Viejo no llegó a Pompeya, los gases tóxicos acabaron antes con él, y su casa estaba a salvo al otro lado de la bahía, desde donde su sobrino Plinio el Joven describió con todo lujo de detalles lo que aún hoy se llama erupción pliniana.
A todo esto, ¿hemos dicho algo que tenga que ver con el dolor? ¿A que no? ¿He comprado este libro para saber cómo se llamaba el vino favorito de Plinio? Las anécdotas graciosas están bien para adornar el objetivo del texto, pero no para sustituirlo. Además, tratándose de un químico, esperaba que me explicasen cómo actúa el alcohol, cuál es el mecanismo por el que calma el dolor, si es eficaz o no…
Pasamos al opio, donde Dormandy vuelve a perderse por los cerros de Úbeda, y nos obsequia con otras perlas de su ignorancia, como afirmar que el romano Celso era un rico terrateniente que cultivaba la medicina como pasatiempo, y que escribió una “monumental enciclopedia (…) de la que sólo se han conservado seis volúmenes”; si hubiera leído con detalle sus “ocho libros” (no seis), hubiera comprobado que no sólo era médico, sino también un experto cirujano.
Decepción, dolorosa decepción, que se continúa en el capítulo siguiente, el dedicado a las “Raíces, cortezas, frutos y hojas”. Recurre a varias citas de textos antiguos, donde se nombra vegetales diversos y preparados analgésicos, sólo para decir cosas del tipo “a lo mejor era el eléboro, pero a lo mejor no”. ¿Es efectivo el eléboro? ¿Pudo ser usado en la antigüedad? ¿Qué componente es el responsable de sus efectos, si es que los tiene?
En los capítulos siguientes se oscila entre la seriedad y la chorrada, los datos concisos y la divagación, la certeza y la referencia a chismes, durante casi ochocientas insufribles páginas. Hay algunos datos valiosos y útiles, sí, pero no merece la pena soportar el resto del tocho para acceder a ellos.
A veces, ser el primero de tus conocidos en comprar un libro tiene un coste (36 euros en mi caso), pero al menos te da la ocasión de hacer una reseña y desahogarte.
Ficha técnica.
Título: El peor de los males.
Autor: Thomas Dormandy.
Editorial: Machado libros. Colección Papeles del tiempo. Madrid, 2010.
Rústica. 762 páginas.
PVP: 36 euros.
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