martes, 3 de enero de 2012

La España que nos merecemos

Hoy ha declarado, por fin, el escolta de Camps. Podría haber sido algo así...
-¿Es cierto que le prestó al señor Camps 3300 euros para comprarse un traje?
-¡Claro, Señoría! El Paco, que es muy amigo mío, me dijo: "¡Che, Manolo! ¿Que no tendrás 3300 euros para que me compre un traje?". Y yo le dije: "¡Pos claro, Paco, que yo siempre llevo encima 3300 euros por si me apetece tomar un cafelito o por si me entran ganas y me hago una empanadilla".

Pero claro, iba a quedar poco creíble, así es que el escolta, animado desde el banquillo por Camps, ha intentado suavizarlo un poco: sólo le prestó 200 euros, cosa que además hacía con frecuencia. Porque claro, cuando uno es el Molt Honorable y paga en efectivo trajes de 3300 euracos, es lo más normal del mundo (y muy verosímil) que el señor "director de moda" no le fíe 200 para apuntar en su cuenta. Todo ello mientras Camps sigue gesticulando en plan "envida, envida, que no llevan nada", que a estas alturas ya no sabemos si el Molt Honorable es el imputado, el intérprete para sordomudos del Telediario o un auxiliar de vuelo escenificando el uso del chaleco salvavidas en el vuelo Valencia-Madrid (imprescindible por si hacemos un amerizaje de emergencia entre dos patos del Manzanares).
Mientras tanto, Ricardito, abatido y arrasado el que fuera soberbio e impertinente, suelta aquello de que él también pagaba en efectivo y que, para comprarse los trajes, sacó el dinero de un cajero automático. A ver, leñe: ¿soy el único español que sabe que los cajeros sólo dan 900 euros por extracción y 1200 al día?
Al final, su esperanza es que, estando también pringados los socialistas (con José Blanco a la cabeza) y la mismísima Casa Real, se pacte hacer la vista gorda o se acuerde un canje de prisioneros.
Lo malo no es que nos tomen por tontos, sino que lo somos; prueba de ello es que volvieron a salir elegidos.

Al tiempo, la división nacional de su camarilla inicia la ofensiva antisocial. Rajoy, que se acaba de caer del Guindos anunciando que no sabía lo mal que estaba el país, no ha tardado ni un mes en romper su palabra e imponer las medidas que prometió no tomar durante su discurso de investidura, demostrando que la palabra de un político no vale ni el aire que ensucia con su aliento. Quien prometió no subir los impuestos, anuncia ahora una subida del IRPF para todos los tramos y un aumento del IBI. Quien puso el grito en el cielo por la congelación de las pensiones, ha decretado una subida de sólo el 1%. Quien prometió sacarnos de la crisis, va a empobrecer a los asalariados congelando, por primera vez en la historia de la democracia, el salario mínimo interprofesional. Quien criticó a los socialistas por "tocar el sueldo a los funcionarios" ha ordenado una nueva congelación salarial (la enésima) y un aumento del horario (con reducción del sueldo si no se acepta). Quien dijo que no quería perjudicar los servicios públicos, acomete una drástica reducción de plantillas, con amortización de las plazas de los jubilados (sólo se sustituirá un 10%) y grandes recortes en contratos eventuales y acúmulos de tareas. Y esa es otra, la reducción podría llegar al 50% en algunos servicios. ¿Alguien cree que se pueden mantener las calles seguras con menos policías, que se pueden mantener los centros sanitarios con la mitad del personal, o que se puede educar a nuestros hijos con menos profesorado?
Tenemos la España que nos merecemos, porque tenemos la España que hemos votado.

lunes, 14 de noviembre de 2011

El 20 de noviembre y el cuento de La Lechera


De nuevo se acercan las elecciones. Y, de nuevo, iremos a votar (o no) movidos por absurdas promesas irrealizables o, peor aún, por las ilusiones que nosotros mismos nos hemos forjado. Y, como es el tema de moda últimamente, nuestra principal motivación para ir a las urnas será salir de la crisis.

¡Inocentes! ¿Realmente creéis que cualquiera de los dos partidos mayoritarios va a sacarnos de la crisis? Analicemos los hechos...

La crisis.
1) La crisis no ha sido ocasionada por ningún gobierno, al menos no sólo. La crisis ha sido provocada por un sistema económico perverso, que en lugar de producir para satisfacer el consumo se basa en consumir para mantener la producción. Mientras el sentido común nos incita a la austeridad para no agotar recursos económicos y naturales, y para controlar la contaminación y el calentamiento global, los mercados nos empujan al consumo desaforado y a la obsolescencia programada. Los romanos trabajaban menos horas al día que nosotros, y sólo tenían sus callosas manos y unas herramientas elementales, y los monjes medievales (ora et labora) se sostenían con cinco horas de trabajo efectivo al día. Nosotros, con poderosas máquinas que multiplican nuestro esfuerzo, necesitamos trabajar 40 horas semanales para adquirir caprichosos cachivaches que cubren necesidades inexistentes y que se estropearán antes incluso de agotar la garantía legal de dos años, para lo cual ya han descubierto el truco de la "garantía disuasoria", consistente en secuestrarte el producto durante un mes cada vez que se avería. Ni que decir tiene que este sistema es extremadamente frágil, por cuanto se basa en la capacidad de un obrero para comprar el producto de otro, y cada empleado produce para mantener un sistema que se sostiene en el consumo. Si uno de ellos se queda sin empleo, y deja por tanto de comprar, se produce un efecto multiplicador que acaba con media fuerza de trabajo en la calle.
2) La crisis se ha potenciado por un sistema de monocultivo, propio del tercer mundo. España, que arrogantemente presumía de su crecimiento basado en el ladrillo, olvidó la lección de las bancarrotas de Brasil (monocultivo del café), Venezuela (petróleo) o Cuba (tropicales azúcar y tabaco que sus gélidos aliados soviéticos compraban a precio de oro negro). Con unos tipos de interés del 2%, se produjo una fiebre especuladora en la que los créditos se pedían para comprar viviendas en las que no se pensaba vivir, y cuyo único fin era ser vendidas con generosas plusvalías. A nadie le llamó la atención que hubiese ya más viviendas que familias, o que los primeros pagos de cualquier crédito consistiesen en intereses que se doblarían si el tipo de interés se doblaba, es decir, subía un previsible 2% más. Con una subida tan ínfima, el mercado se colmó de viviendas imposibles de pagar, y de carteles de "se vende" sin que nadie comprase. Mientras tanto, todos los poderes fácticos, y he dicho TODOS, se regocijaron en el barro del beneficio fácil. Por cada piso vendido, el gobierno central cobraba un IVA; el autonómico, un impuesto de actos jurídicos documentados; el ayuntamiento, un IBI. Ninguna administración, de ningún partido, estaba interesada en dejar de acuchillar a la pobre gallina de los huevos de oro.
3) La crisis se ha intensificado por la actitud irresponsable de los medios de comunicación, tratando un aumento del 2% de los tipos de interés como si fuese el fin del mundo, y declarando que era la peor crisis desde 1929. Por la de bancos y empresas constructoras, huyendo hacia delante. Por la de la oposición, exagerando el problema para obtener tajada política. Por la del gobierno, que no ha sabido tranquilizar al público.
4) La crisis se mantiene por un principio que ya previó George Orwell en "1984": si se crea riqueza, hay que repartirla; sólo la destrucción de la riqueza permite mantener la desigualdad y el poder. Así, las grandes empresas, las mismas que financian y sostienen a los partidos, se frotan las manos con cinco millones de parados dispuestos a aceptar cualquier clase de condiciones laborales, y con unos españoles acojonados dispuestos a tragar con convenios colectivos a la baja, reducciones de sueldo, abaratamientos de despido y toda suerte de políticas propias del más salvaje capitalismo decimonónico.
5) La crisis se consolida porque los tiburones financieros disfrutan especulando con los altibajos de la bolsa, con los ataques a la deuda soberana, con el mangoneo de las calificaciones de riesgo, con las constantes peticiones de fondos públicos para reflotar empresas centrífugas. Como muestra, un botón: la necesidad de ayuda para el banco de Valencia. Pensemos... El BV es de Bancaja, Bancaja es de Bankia, y Bankia ha obtenido beneficios. ¿No debería ser Bankia quien reflotase el BV? Ah, no, que son entidades jurídicas distintas, claro.

La gestión de la crisis.
Y ahora es cuando os pido que penséis con la cabeza y no con las siglas. Vivimos en un país de competencias atomizadas. Ayuntamientos, diputaciones, autonomías y estado central, en manos de partidos diversos, ejercen el poder sobre áreas que directa o indirectamente influyen en la creación de riqueza y en su gestión. Y aquí es donde debéis deteneros a pensar: ¿quién ha gestionado mal mi dinero? En nuestro caso, fundamentalmente, la Generalitat Valenciana, gobernada por el PP. En las pasadas elecciones, en un milagro de lucidez, los votantes decidieron castigar al gobierno central en unas elecciones autonómicas, por los errores cometidos en un gobierno autonómico que, oh maravilla, salió reforzado en las urnas.Y es que, como decía Marx, la Historia se repite, pero unas veces como tragedia y otras como farsa. Nosotros la reestrenamos como teatro del absurdo.
Podéis votar lo que vuestra conciencia o vuestra convicción os dicte, pero hacedlo con el cerebro y no con la vesícula biliar. Preguntaos si quien ha gestionado tan mal la crisis desde vuestro gobierno autonómico lo hará mejor desde el central, eso es todo lo que os pido.
Y olvidad vuestros sueños de princesas y príncipes azules: ni el partido del BBVA ni el del Santander, ni el de Gas Natural ni el de Endesa, os sacarán de la crisis. Al menos, no este año.

Entonces, ¿voto o no voto?
¡Por supuesto!
En 1933, con un puñado de votos, Hitler inició su ascenso al poder en un país que tenía diez millones de militantes socialistas y comunistas, los cuales se quedaron en casa diciendo aquello de que "todos son iguales", "la república de Weimar es burguesa" y otras chorradas por el estilo. El mismo año, en España, alcanzaba el poder, por las mismas razones, un caradura chillón, incompetente y corrupto llamado Lerroux. SIEMPRE HAY QUE VOTAR. Puede que no te guste ningún partido, pero no votar puede hacer que el gobierno que tengamos sea algún día el peor imaginable. Cuando los españoles salieron en masa a la calle a manifestarse contra la injerencia española en Irak, deberían haberse preguntado por qué el gobierno que nos había metido en ella tenía mayoría absoluta con tan solo el 24% de los votos posibles. Votad, maldita sea, votad.
¿Pero no he dicho que no nos van a sacar de la crisis?
Sí, lo he dicho y me reafirmo en ello. La evolución de la crisis es independiente del resultado de las próximas elecciones, y el 2012 será tan malo o peor que el 2011. Pero hay que ir a votar, porque lo que saldrá de las urnas no es la solución a la crisis, pero sí algo igualmente importante. Vais a votar vuestro modelo de sanidad, de educación, de política social, de relaciones internacionales, de tolerancia moral. Vais a decidir entre la sanidad pública, universal y gratuita o la gestión privada. Vais a elegir entre la escuela laica y de calidad o el refuerzo de la educación concertada. Vais a votar si nos alineamos con la cooperación internacional o no. Vais a decidir si los homosexuales deben o no tener los mismos derechos que los heterosexuales. Vais a forjar el grado de independencia entre Estado e Iglesia. Sea cual sea vuestra decisión, la respetaré, pero votad por esos motivos y no por el cántaro que se tambalea sobre la cabeza de La Lechera.


lunes, 24 de octubre de 2011

Libia: el país donde volvimos a cagarla.

Aunque este sea un “blog” con intenciones históricas y literarias, hoy voy a hablar de política. Y voy a ser políticamente incorrecto, como lo he sido toda mi vida.
            Voy a hablar de Libia.
            Cuando empezó la “primavera árabe” en Túnez, yo empecé mis comentarios políticamente incorrectos. “Sólo he visto velos en el bando de los sublevados, no en el del gobierno; eso me basta para saber a quién debo apoyar”. Todo el mundo me miró mal.
            Le llegó el turno a Mubarrak. Parafraseando la doctrina norteamericana, dije de él: “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Todo el mundo volvió a mirarme mal. Los Hermanos Musulmanes iban cobrando protagonismo. Predije que pronto empezaría la persecución contra los cristianos coptos, y el tiempo tardó muy poco en darme la razón.
            La “primavera” se extendió y le llegó el turno a Libia, cuyo Coronel no me caía particularmente bien, pero del que sabía su capacidad para aguantar el tirón. Occidente se precipitó en congelar fondos y emitir condenas, creyendo que caería con tanta facilidad como otros líderes barridos por el viento del cambio. Pero no. Gadaffi se mostró capaz de resistir. ¿Qué hacer ahora? ¿Arrodillarnos ante él y pedirle perdón? “Discúlpanos, nos equivocamos. Ahora, vuelve a vendernos tu petróleo y tu gas natural”. Imposible. Sin vuelta atrás, sólo cabía derrocarlo y confiar en que el gobierno rebelde pactara con Occidente. Así es que se propuso la “exclusión aérea con fines humanitarios” y yo, como Casandra, advertí que la cosa no quedaría ahí, que intervendríamos activamente para derrocar al tirano y, como en la guerra de Kosovo, bombardearíamos objetivos estratégicos tanto militares como civiles; y, como a Casandra, nadie me creyó.
            Una coronel guapísima y maquillada se convirtió en portavoz de los rebeldes libios. “¡Pobre! ¡Ya veremos lo que tarda en llevar velo!” Y otra vez me miraron mal.
            Amnistía Internacional, así como otras organizaciones, denunció la brutalidad de las tropas “de liberación”, pero decidimos mirar a otra parte y ponernos la pinza en la nariz.
            Los rebeldes, cuando iban ganando gracias a nuestra ayuda, ya manifestaron que no tolerarían “tropas extranjeras”, en referencia a una posible misión de reconstrucción de la ONU, la OTAN o la Unión Europea. Deberíamos habernos mosqueado, pero preferimos seguir creyendo en Los Mundos de Yuppi y continuamos con nuestro apoyo a los sublevados.
            El “Consejo Nacional de Transición” ha anunciado hoy que el país se regirá por la Ley Islámica. Os lo dije. Os lo dije y no me creísteis. Por si fuera poco, acaban de anunciar el triunfo de los islamistas en las elecciones de Túnez. Ahora, solo falta esperar el momento en que Europa sea también una República Islámica y se obligue a nuestras hijas a llevar velo, comer aparte y caminar un metro por detrás de sus maridos.
            Y todo esto es porque Occidente está gobernado por una caterva de gilipollas.
            

domingo, 18 de septiembre de 2011

"Textos para la historia del Próximo Oriente Antiguo" de Federico Lara Peinado. Una herramienta útil para escritores.

Desde el mismo prólogo, esta obra no oculta su intención de ser un libro de texto. Para algunos de nosotros, ello quiere decir que no tiene la seriedad de un tratado científico ni la amenidad de un libro de divulgación.
El Doctor Federico Lara Peinado es profesor de Historia Antigua en la Complutense y autor de más de treinta libros. Se ha especializado en Mesopotamia, y dicha especialización, como veremos, pesa bastante en esta obra.
El libro, como muchos otros del mismo estilo, está dividido en dos secciones: la primera, una introducción general a la historia de la región; la segunda y más larga, una selección de textos.
La primera parte es desordenada y mal aprovechada. Desperdicia un valioso espacio impreso y un aún más valioso tiempo del lector en una obsesión por nombres de gobernantes y fechas concretas, que hubieran hallado mejor cabida en una buena tabla cronológica comparativa (la que se incluye es bastante floja), y nos deja con las ganas de conocer más detalles de su cultura y su vida cotidiana, algo que sorprende en el autor de “Mitos sumerios y acadios” (1984) , “Así vivían los fenicios” (1990) o “Así vivían los egipcios” (1991). Por otra parte, deja ver las preferencias del autor en cuanto al peso que sumerios, acadios, asirios y babilonios cobran en el texto, así como en la solidez del mismo. Otros pueblos del Próximo Oriente reciben un tratamiento más superficial, independientemente de su importancia histórica (hititas, hurritas, persas), de su influencia cultural (fenicios) o de su producción escrita (ugaritas). Particularmente discutible es el estudio de los hebreos, donde el autor decide dar por históricamente infalible al Antiguo Testamento, despreciando otras fuentes que puedan contradecir la visión ortodoxa del Pueblo Elegido y mencionando los nombres de los héroes bíblicos como personajes históricos documentados, en contra de la tendencia cada vez más extendida de considerar míticos a algunos de ellos.
En la segunda parte se recogen textos interesantes y representativos de las culturas del próximo Oriente, pero nuevamente se nota el peso de las preferencias del autor y los mesopotámicos ganan por goleada. Eso no sería necesariamente malo si el lector quiere centrarse en estos pueblos, pero uno se queda con las ganas de algunos textos más sobre Ugarit (¿donde está la importantísima correspondencia cruzada con el rey de Alashiya, lamentándose de la llegada de los Pueblos del Mar?), la costa de Asia Menor (con los interesantes tratados de los pueblos luvios con sus señores hititas) o los amorreos, por no hablar de la pobre representación de los hititas y el trato a  pueblos tan interesantes como cananeos y filisteos, a los que sólo se cita a través de la Biblia. Personalmente echo en falta la transliteración/transcripción de algunos originales, además de su traducción al castellano, pero esto último no es un reproche sino sólo una preferencia personal; entendemos que no era ése el objetivo del libro. Lo que sí podemos reprochar es que como “fuentes” no se cite nunca dichos originales, sino tan solo textos en lenguas europeas. Si el autor ha traducido personalmente de las lenguas orientales, debería hacerlo constar; de lo contrario, su trabajo desmerece un tanto.
Ya he mencionado la falta de buenas tablas comparativas. Los mapas de mesopotamia son buenos, aunque pequeños, pero las regiones periféricas están peor representadas, y el mapa de Anatolia es muy mejorable. También se hecha en falta un glosario de nombres geográficos, que nos relacione los nombres de un mismo accidente en distintas lenguas.
En definitiva, un libro muy útil para hacerse una idea de las civilizaciones sumeria, acadia, asiria y babilonia (menos útil para quien desee conocer otras civilizaciones de la región) y una buena herramienta para novelistas históricos y profesores, aunque no deje de tener sus fallos.

Ficha técnica:

Título: Textos para la historia del Próximo Oriente Antiguo .
Autor: Federico Lara Peinado.
Editorial: Cátedra, colección Historia/Serie menor. Madrid, 2011.
Rústica.
423 páginas.
PVP: 18 euros

lunes, 5 de septiembre de 2011

Soltar el rollo


Estoy releyendo a Cicerón: es un ejercicio que no me agota, y aún hace calor para cosas más fatigantes. Como decía, releo a Cicerón, concretamente su "Defensa de Sexto Roscio de Ameria", y me hallo con este fragmento (párrafos 100-101)...

Todo esto me lo va a oír [Capitón] si se presenta como testigo, mejor dicho, cuando se presente, pues sé que piensa hacerlo. Que venga ya. Que desenrolle ese volumen que, según yo puedo demostrar, Erucio ha escrito para él.

"Que desenrolle ese volumen". Para entender esa frase hay que conocer una particularidad del derecho romano. A diferencia de lo que se espera de un testigo en un juicio español de hoy en día, a un testigo romano se le permitía llevar su testimonio por escrito y leerlo ante el tribunal; de ese modo evitaba caer en contradicciones internas y podía recurrir a la ayuda de terceros para mejorar su oratoria y poder de convicción. ¿A quién tiene que convencer un testigo? ¿Por qué podría contradecirse si sólo dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, según la fórmula de las películas americanas? ¿No es el juez quien debe hacer las preguntas para asegurarse de la veracidad del testimonio? ¿Cómo puede el testigo saber de antemano lo que debe contestar a unas preguntas que aún no han sido formuladas?
            Sorprendente para nuestros usos, pero normal a los ojos de un romano del siglo I a.c. El testigo llevaba su testimonio en un volumen, es decir, un rollo escrito, cuya longitud sería por tanto proporcional a la del discurso que iba a pronunciar. Así, con el volumen bajo el brazo, cuando se le preguntaba tomaba su escrito, destaba el cordelito y procedía a soltar el rollo.
            Todos podemos imaginar la expresión de jueces y testigos cuando algún botarate poco ducho en la oratoria soltaba un rollo de cierta consideración.         
            Ahora ya sabemos de dónde procede, probablemente, esta expresión. Espero no haberos soltado un rollo.


domingo, 5 de junio de 2011

Simon Scarrow en Valencia.


De un tiempo a esta parte, casi todos los actos literariamente interesantes de Valencia suceden en sólo dos lugares: Bibliocafé y L’Iber. Hoy (viernes tres de junio de 2011) toca L’Iber, y nada menos que un homenaje a Simon Scarrow y la presentación en Valencia de su nueva novela: “Gladiador, la lucha por la libertad”.
     Empezaremos recordando quién es Simon Scarrow. El escritor británico tuvo a bien nacer en 1962 en Lagos, Nigeria, tal vez por aquello de empezar su vida viajando, cosa que no ha dejado de hacer desde entonces. Profesor de Historia durante años y autor de dos series de novela histórica, ambas publicadas en nuestro país (con el retraso inherente a su traducción) por Edhasa: la serie “Águila”, que narra las aventuras de los legionarios romanos Cato y Macro en época del emperador Claudio; la serie “Revolución”, que trata de las vidas paralelas de Wellington y Napoleón desde su juventud hasta su enfrentamiento final en Waterloo. Podéis encontrar una información más amplia, y probablemente mejor escrita, en este artículo de Babelia de 2006: “Una de romanos”.
     Alejandro Noguera, el director de L’Iber, presenta al autor, a su editora Anna Portabella y a Antonio Penadés. A continuación, con la experiencia de quien ha leído todos los libros que comenta, y lo ha hecho por placer y no sólo para este acto, nos repasa la extensa bibliografía del autor con la detallada descripción de cada título. Para quienes no la tengan a mano, recordaremos que sus novelas son...
     Serie "Águila": "El águila del Imperio" (2000); "Roma uincit!" (2001); "Las garras del águila" (2002); "Los lobos del águila" (2003); "El águila abandona Britania" (2004); "La profecía del águila" (2005); "El águila en el desierto" (2006); "Centurión" (2007); "El gladiador" (2009); "La Legión" (2010), aún sin traducir al castellano; "Pretorianos", en preparación.   
     Serie "Revolución": "Sangre joven" (2007); "Los generales" (2008); "A fuego y espada" (2009); "Campos de muerte" (2010).
     La guinda del pastel es la presentación de una nueva serie, esta vez dirigida al público juvenil, cuyo primer título es “Gladiador, la lucha por la libertad”, la historia de un niño que, tras perder a sus padres, acaba en una escuela de gladiadores.
     Llega el turno del autor. Simon Scarrow, tal vez por las tablas de sus años como profesor, tal vez por su popularidad, o tal vez sólo por el hecho de ser inglés, habla modulando la voz con la exquisitez de un actor británico; escucharlo es como oir la voz en off de un documental de la BBC, o un fragmento del “Julio César” de Shakespeare interpretado por Richard Burton. De todos modos, musicalidad aparte, soy incapaz de apreciar su verbo dado que no hablo ni una palabra de inglés; menos mal que Noguera hace las veces de traductor. Scarrow pide disculpas por no hablar castellano y, en un alarde de diplomacia, nos halaga recordando que somos un país mucho más romanizado y que tenemos la suerte de tener por doquier vestigios arqueológicos romanos a flor de superficie; agradece así mismo que nuestro país es, tras Gran Bretaña, el segundo mercado para sus libros. Nos habla de su pasión por la civilización romana. En una autodisgresión, se pregunta a sí mismo por los aspectos menos atractivos y más barbaros de dicha cultura, en especial el gusto por la sangre en los espectáculos públicos, y se responde también a sí mismo: en los talleres de recreación histórica que hace para sus alumnos, los muchachos no dudan ni un instante en pedir a gritos la muerte para quien hace el papel de gladiador. Concluyendo, por tanto, que no somos tan distintos de los romanos, puede seguir contando las peripecias de su proceso creativo. 
     Del diálogo entre Scarrow y Noguera, así como de la intervención del público asistente (entre ellos nada menos que Santiago Posteguillo, nuestro superventas romano nacional) destacaremos que los dos protagonistas de la saga "Águila" son en realidad el propio autor, y que sus peripecias son en realidad un diálogo interior entre el Simon más joven (Cato) y el más maduro (Macro); que nuestro invitado, a diferencia de otros escritores, no trabaja sobre un guión excesivamente detallado porque sus personajes "viven en su cabeza", siendo su proceso creativo más espontáneo e intuitivo; y que el mayor rendimiento lo obtiene pasados los primeros veinte minutos, momento en que ya es capaz de "ver a través de la página".
     Ya eran las nueve cuando bajamos a disfrutar del "aperitivo romano", con frutos secos, olivada sobre pan de sartén y un exquisito tinto valenciano. Aproveché para comprar dos ejemplares y que el autor los dedicase a mis hijas. De ahí a cenar con alegres camaradas, aunque me senté lo suficientemente lejos del autor para no poner en evidencia mi ignorancia de su idioma. 

domingo, 29 de mayo de 2011

Nueva serie: escenas de Judea. El acueducto.

Marco Cornelio no era un Cornelio, a pesar de haber heredado el nombre de sus antepasados, al primero de los cuales se lo otorgó el mismísimo Sila. Marco sólo era un tribuno militar, veterano de mil destinos espantosos, pero ninguno tanto como aquella tierra bárbara e ingrata que era Judea. Así es que cuando el niño judío que hacía de recadero entró en su cuarto de la Torre Antonia interrumpiendo un asqueroso desayuno, caliente por el clima más que por la cocina, ya sabía que nada bueno podía suceder.
  -Tribuno, el prefecto te reclama.
  Hacía tiempo que había renunciado a escuchar la palabra “señor” de boca de un judío, así es que no prestó atención a la descortesía y se limitó a despedir al chiquillo con un ademán. Camino del despacho de su superior, tuvo tiempo de blasfemar en latín, griego y un poco de arameo. Al entrar, Poncio Pilato estaba de pie, mirando por la ventana. No se molestó en girarse para recibir a su subordinado.
  -Cornelio, prepara a tus sirios. Mis informadores me han avisado de que se avecinan disturbios.
  -A tus órdenes, mi prefecto. Con tu permiso, ¿puedo acceder a algo más de información?
  -Será al mediodía, aquí mismo. Los agitadores han organizado una protesta por la construcción del acueducto.
  “Era de esperar, necio patán”, pensó Marco, guardando un prudente silencio mientras rumiaba una respuesta que no contrariase demasiado al prefecto. Pilato quería construir  una conducción de agua que mejoraría el suministro de la ciudad, pero para ello había decidido pignorar el tesoro del Templo, un dinero sagrado que no podía emplearse en fines profanos.
  -Con el debido respeto, mi prefecto, ¿no podríamos volver atrás? O al menos hacer correr el rumor de que el proyecto se ha suspendido. O que se construirá sólo con dinero romano.
  Esta vez, Pilato sí se volvió, fulminando con la mirada a su insolente subalterno.
  -No podemos mostrar debilidad ante los judíos.
  No, no podían mostrar debilidad, pero había que saber cómo demostrar el poder de Roma. Marco aún recordaba el desagradable incidente sucedido hacía poco, cuando Pilato se encabezonó en mostrar estandartes con la efigie del emperador, contraviniendo las costumbres de la población. Los judíos no podían ser distintos a otros súbditos del imperio, pensaba el todopoderoso Sejano desde la lejana Roma, así es que debían acabarse todos los privilegios; si todos los pueblos rendían homenaje al emperador, no se haría excepciones con nadie. Así es que, de noche y con el mayor sigilo, los estandartes fueron introducidos en la ciudad para que amaneciesen en sus puestos. El escándalo fue mayúsculo, hasta el punto de que el prefecto tuvo que rectificar. Lo que debió ser una muestra del poder romano se convirtió en una victoria de los levantiscos.
  -Mi prefecto, no sólo los judíos se oponen al uso de ese tesoro. El divino Augusto, en su sabiduría, nos dio leyes con las que gobernar nuestro imperio, y una de ellas establece claramente que el dinero del Templo de Jerusalén es un dinero sagrado y que cualquier romano que lo toque será reo de sacrilegio.
  -¡Tonterías! El divino Augusto está ahora entre los dioses, no entre los hombres. Y un dinero que no se puede utilizar no es dinero de verdad, sólo chatarra inútil. Ese dinero servirá para pagar a los obreros de la construcción que están mano sobre mano desde hace años, circulará por la ciudad y creará cada vez más riqueza. Además, Jerusalén necesita ese acueducto. ¡Roma necesita ese acueducto! Si queremos que Jerusalén sea una ciudad romana, debe parecerlo.
  -Mi prefecto, con tu permiso: somos romanos y por tanto racionales, pero no todo el mundo es igual. Confías demasiado en la naturaleza humana. Cuando vean el acueducto, los judíos no pensarán en el agua fresca, sabrosa y saludable, sino tan sólo en las monedas sagradas que los extranjeros han empleado de forma impía.
  Pilato enrojeció. Él era un prefecto, miembro del Orden Ecuestre, y no iba a permitir que un descendiente de libertos cuestionase sus órdenes.
  -¡Tribuno! He dado una orden y la cumplirás. Al mediodía, tus sirios estarán preparados para repimir una manifestación en las inmediaciones de la Torre Antonia. ¡Y punto!
  Marco saludó y se retiró. Era un soldado y había recibido una orden Y punto.