sábado, 10 de enero de 2015

Religión y terrorismo

Un bloguero saudí acaba de recibir 50 latigazos. Rectifico: los primeros 50 latigazos, porque ha sido condenado a 1000. ¿Su delito? Promover el debate crítico en un país controlado por una teocracia. La noticia AQUÍ.
            Con motivo de los espantosos atentados en París (Charlie Hebdo y el Hyper Casher), hemos asistido a un aluvión de condenas, pero al mismo tiempo a otra riada de manifestaciones que distancian el terrorismo de la religión. Por un lado, manifiestos sobre el carácter pacífico del Islam en particular y de lo sagrado de la vida humana en general. Por otro, un recordatorio de los terrorismos no religiosos. Me da igual. Se equivocan.
            Soy ateo. Convencido y militante. No acepto eufemismos del tipo “agnóstico”, “escéptico” o “no creyente”. Soy ATEO, y me enorgullezco de serlo. Se me ha criticado mucho por ello. Parafraseando a alguien (no recuerdo quién, mi memoria tiene límites): decir que falto al respeto a los creyentes en una religión porque odio la religión, es como decir que falto al respeto a los enfermos de cáncer porque odio el cáncer. Independientemente de las creencias religiosas individuales (absolutamente respetables), las religiones organizadas (con una casta que se arroga la exclusiva intermediación con un dios y la interpretación de su voluntad) son una de las peores desgracias que han caído sobre la humanidad. Las esporádicas obras beneficiosas (desde la copia amanuense de libros hasta los comedores caritativos) no llegan a compensar, ni de lejos, los enormes daños que han infligido.
            Todo esto viene a cuento de los espasmos negacionistas que han surgido desde lo de París. Dawkins decía que las personas malas hacen cosas malas, pero que la religión puede hacer que las personas buenas hagan cosas malas. Y esto es lo que quiero desarrollar a continuación.

Los fanáticos solo son un porcentaje de la religión.
            Para que el mal triunfe, solo es preciso que las buenas personas no hagan nada. La frase se atribuye a Einstein, pero la han dicho tantas personas que creo imposible rastrear el origen.
            El problema con la religión es que hay una excesiva tolerancia hacia la susceptibilidad religiosa. Los creyentes se ofenden con facilidad, con MUCHA facilidad, y los demás nos hemos acostumbrado a la autocensura para no tener problemas. Dentro de ellos hay muchos grados, desde los vagamente teístas hasta los que se desuellan las rodillas. Pero el porcentaje de los que calladamente aprueban la venganza contra los blasfemos es muy alto. Son muchos los que han dicho que “no justifican el atentado pero...”. Tradúzcase “no justifico” por “sí, pero no voy a decirlo en voz alta”. “No tenían que haberse metido con Mahoma”. “Es una falta de respeto”. “Sabiendo cómo son, no hay que pincharlos”. Todas esas frases esconden una lamentable falta de condena hacia la desproporción entre la irreverencia y la extinción de una vida humana. Por no hablar de que las creencias son subjetivas y, por tanto, cuestionables. No es peor cuestionar una creencia religiosa que la creencia en el racismo, por ejemplo. A nadie se le ocurriría decir de un racista que “esa es su creencia y tú debes respetarla”. O de un homófobo, un xenófobo, un machista, un nazi... Desde el momento en que las creencias se traducen en actos, son susceptibles de censura, porque nos afectan a todos.
            ¿Porcentaje? Veamos el caso de Arabia Saudí, un estado teocrático que condena a las mujeres que conducen o aplica 1000 latigazos a un bloguero. ¿Podemos hablar aquí de porcentajes? En cuanto la religión (o los religiosos) alcanza el poder, construye una tiranía inaceptable. Esto es cierto para el cristianismo medieval, para Calvino, para los “jueces” del Antiguo Testamento, para el Estado Islámico y para nuestros queridos aliados (proporcionadores de valioso petróleo) de la Península Arábiga. Y millones de personas lo aceptan e incluso lo apoyan. Habría que preguntar cuántos españoles, en 1939, estaban a favor de la connivencia de la Iglesia Católica con el franquismo, cuantos italianos apoyaban las leyes antisemitas emanadas del Vaticano y adoptadas por el fascismo, cuantos católicos austríacos y bávaros se congratularon por las persecuciones religiosas de los nazis. Cuando un millón de personas se manifiesta en Madrid contra el matrimonio homosexual, no podemos hablar de “porcentajes” como si fueran minorías irrelevantes.
            Y además, seguro que son buenas personas, buenos padres y vecinos, que pagan sus impuestos y separan el reciclado. Pero hay una casta sacerdotal que les ha dicho lo que es correcto pensar y lo que es condenable, y les ha enseñado a odiar al blasfemo. Los terroristas no son solo un porcentaje de los religiosos: son el porcentaje que se decide a tomar las armas y hacer lo que muchos millones desean.

También hay terrorismos no religiosos.
            Sí, pero por suerte no son iguales.
            ¿Qué diferencia hay entre un terrorista y un guerrillero? La victoria. Exclusivamente. Si los españoles de mayo de 1808 hubiesen sido finalmente derrotados por Napoleón, hoy hablaríamos de los terroristas que, inducidos por curas y aristócratas, mataron con saña a pobres reclutas franceses que querían instaurar una monarquía ilustrada. Lo mismo diríamos de los separatistas de las colonias norteamericanas contra el rey Jorge, de los maquis franceses o de los partisanos yugoslavos. Diríamos lo mismo de Gandi, incluso. Entre el IRA de Irlanda del sur y el IRA del Ulster solo hay una diferencia: los primeros ganaron y los segundos no.
            Los terrorismos no religiosos son movimientos políticos y militares que triunfan (y entonces dejan de ser terroristas) o son derrotados. Y esa es la diferencia abismal con los religiosos. Se puede derrotar política, policial o militarmente a un terrorismo no religioso, pero es imposible una victoria militar sobre la religión. Los fundamentalistas seguirán reproduciéndose como las cabezas de la hidra, porque su base, la religión, aspira a ser eterna, sus verdades son absolutas y su validez es perdurable. Se puede acabar con una organización islamista, o con los fundamentalistas protestantes norteamericanos que ponen bombas en clínicas abortistas, o con un grupo de colonos judíos ultraortodoxos, y al día siguiente un imán, un predicador o un rabino volverán a encender los ánimos y seguirán atacando a los infieles. Y además, como aspiran al dominio universal, nunca pueden vencer. Los independentistas norteamericanos no querían invadir Inglaterra, ni los guerrilleros españoles poner a Fernando VII en el trono francés, pero para un fundamentalista religioso ningún logro será suficiente. Solo la victoria aplastante y el exterminio físico del enemigo constituyen el fin de la violencia religiosa.

Ahora, si queréis, ponedme una bomba. En nombre de vuestro dios.


martes, 23 de septiembre de 2014

Hagamos las cosas bien (adiós, Gallardón)

Ha dimitido Gallardón. Ha cumplido su palabra. Abandonado a su suerte por su señor, este buen vasallo ha decidido retirarse. Rajoy dice que no va a sacar una nueva ley para que otro gobierno la cambie. Traducido al idioma del resto de los mortales: sabe que no va a ganar las próximas elecciones generales. Sea cual sea el motivo, creo que la mayor parte de nosotros nos felicitamos de la retirada de una ley discutida y discutible, lamentada y lamentable. No aumentará la clandestinidad, ni veremos a nuestras compatriotas dejándose perforar el útero en cuchitril o haciendo turismo sanitario por los países vecinos.
En su momento ya le dejé la palabra a mi amigo, el cirujano griego Higiarco, cuando tuvo que asistir a las consecuencias de un aborto chapucero (podéis refrescar la memoria AQUÍ). Celebremos ahora, con él, que hay otra forma de hacer las cosas, como se han hecho durante miles de años (pese a la hipócrita ceguera de los puritanos) por parte de profesionales competentes. Aunque ahora, por suerte, tenemos medios mejores de los que tenían los antiguos griegos...



Vuelvo a mi tienda. Nicón, cómo no, aparece para asegurarse de que no descanse. Le cuento lo que ha sucedido con la concubina de Timodemo. No estoy seguro de que comprenda todo el horror de la situación. Entiende el dolor de la mujer, el sufrimiento de su amante, la preocupación de sus compañeras, pero no sabe lo peor de todo: que hay otras formas de hacer las cosas. La pobre desgraciada hubiera podido salir con bien solo con que hubiera consultado a un buen médico o a una matrona verdaderamente experta.


La mujer se llama Aglaia. Ha venido a ver a mi padre y en su rostro se marcan tanto la preocupación como la vergüenza.
            -Tengo un problema. Mi marido está embarcado y yo estoy preñada.
         -Cualquier matrona podría ayudarte. -Sigue ordenando las cosas de su clínica, como si no prestase atención.
            ‑No quiero a cualquier matrona, quiero a Demófilo.
            ‑Soy cirujano. Lo que me pides no corresponde a mi arte.
          ‑Los cirujanos sanáis a los hombres de sus enfermedades lo mismo que de sus heridas. Conocéis las hierbas, por eso os llaman "los cortadores de raíces".
            ‑Tú lo has dicho, Aglaia: sanamos a los hombres. Los soldados no abortan.
          ‑Los soldados tienen amantes, y las amantes tienen maridos. Sabes lo que necesito, Demófilo, no me hagas suplicártelo más.
            Mi padre asiente. De un estante alto saca una cajita con resina. Con una cucharilla separa una porción ínfima y la disuelve en una escudilla de agua hirviendo.
        ‑Es raíz de nueza -me susurra, asegurándose de que ella no lo oye-. Venenosa. Hay que ser muy cuidadoso con la cantidad, o matarás a tu paciente. -Se vuelve hacia la intranquila mujer- Espera a que se enfríe y tómalo. No salgas de casa en todo el día porque tendrás mucha diarrea.
            ‑Podrías darme un astringente.
         ‑No lo haré. La diarrea es necesaria para purgar el exceso de veneno. Si no lo expulsas, absorberás demasiado y yo no tendré forma de controlar la dosis que necesitas. Toma también ruda y hojas de ajenjo.
            La mujer espera a que el bebedizo se enfríe y lo traga, entre la avidez y la repugnancia. Cuando termina, acuerda el precio con mi padre y promete traérselo al día siguiente.

  

Nicón me pregunta cuándo fue eso. Las cosas que pasan en el campamento y las que yo narro de mi infancia transcurren en el mismo orden, y eso parece demasiada casualidad. Es posible que a veces me confunda, pero en este caso no tiene importancia. Un año arriba o un año abajo, qué más da; esas cosas sucedieron y eso es lo importante. Fue en algún momento de mi infancia, y es irrelevante cuándo exactamente. La formación que recibí de mi padre fue una rampa, no una escalera: paso a paso, poco a poco. Con algún escalón de vez en cuando, sí, pero da igual qué peldaño subí primero. Si el campesino herido fue antes o después que la esposa infiel no afecta a la verdad: aprendí a curar heridas sucias y aprendí a practicar abortos sin daño para la mujer.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Tengo un aqueo en mi ordenador

¿Por qué se los llama “troyanos” y no “aqueos”?
Propuesta (sin posibilidad de éxito) de cambiar el nombre al programa malicioso.


Un motivo de conversación habitual con algunos amigos es lo poco que saben de cultura clásica quienes eligen algunos nombres. Así pasa con Freud y su “complejo de Edipo” (Edipo no lo tenía, jamás se enamoró a sabiendas de su madre y nunca odió por ello a su padre). Así sucede también con el tontolhaba que decidió llamar “síndrome de Diógenes” a la acumulación compulsiva de objetos (cuando Diógenes vivía sin absolutamente nada). De estos dos conceptos hablaremos otro día. Hoy me centraré en lo inapropiado de un término informático: los troyanos.

Un “troyano” es un programa que penetra en un ordenador y “abre una puerta” para que el hacker pueda realizar acciones no deseadas por nosotros. Copio a continuación un párrafo de la web de Panda Security:
Los troyanos no se propagan por sí mismos, y su nombre deriva del parecido en su forma de actuar con los astutos griegos de la mitología, ya que los troyanos llegan al equipo del usuario como un programa aparentemente inofensivo.
El artículo completo está AQUÍ.

¿A qué astutos griegos se refieren? Os transcribo un párrafo de Las Troyanas, de Eurípides:
Porque Epeo, el focense del Parnaso, fabricando por arte de Palas un caballo preñado en armas, introdujo en las torres esta carga funesta.

La mayoría de quienes leéis esto ya estáis familiarizados con la historia del Caballo de Troya. Aún así, hago un rápido resumen. Epeo construye un enorme caballo hueco en el que, por indicación de Odiseo/Ulises, se introducen algunos héroes aqueos. Los habitantes de Troya introducen el caballo en su ciudad. Al amparo de la noche, los aqueos salen de su escondrijo y abren las puertas de la muralla. Después, ya sabéis: degüello, llamas, violaciones...

A ver... Los troyanos son los pobres habitantes de Troya, no los saqueadores ocultos en el caballo. Por tanto, si queremos utilizar una metáfora culta para el malware, los “troyanos” serían los programas legalmente instalados en nuestro ordenador y que sufren las consecuencias. La comparación correcta para el programa malicioso sería llamarlo “aqueo”...

Por cierto, que esta incorrección es exclusiva de nuestro idioma. En inglés, a estos programas se los llama “trojan horses”, un nombre bastante más adecuado.


sábado, 30 de agosto de 2014

De caspa y gazpachos, o cómo los romanos inventaron la bebida isotónica.

Caspa.
            A veces, los médicos nos referimos con la palabra “caspa” a aquellas afecciones o síntomas de escasa importancia. Algunos la consideran despectiva, por relacionarla con la tan denostada afección capilar que debe ser combatida con costosos champús, pero su uso es mucho más inocente.
            “Caspa” es una voz del latín hispano (tal vez prerromana) con más de un uso, y con un significado original que era algo así como “cacho”, o sea, una forma vulgar de referirse a fragmentos de pequeño tamaño. De ahí el significado de “poca importancia” que usamos los galenos.
            Un uso particularmente extendido de la palabra en la antigüedad era para referirse a la migas de pan, y después volveremos sobre ello, pero a veces pienso si no será por similitud con las pequeñas escamas que desprende el cuero cabelludo (y que efectivamente parecen miguitas) por lo que se llamará así a la “caspa” de la cabeza. De todos modos, la RAE dice (recuerdo) que es voz “de origen incierto, quizás prerromano”, y no seré yo quien corrija a los señores académicos.

Cosas de la cantimplora.
            De pequeño, en verano, mi madre me preparaba una bebida refrescante con vinagre y agua. Este refresco se ha consumido en España desde tiempo inmemorial, añadiendo a veces azúcar (sobre todo para los niños). En ocasiones, los adultos cambiaban el vinagre por vino barato. Cuando estudias un poco de Historia, descubres con sorpresa que los romanos ya bebían lo mismo (la posca). Además de una bebida festiva (en sus versiones abstemia y alcohólica) había también una variante militar. Las cantimploras de los legionarios se llenaban con vinagre y agua (base hidratante), sal (para recuperar la perdida con el sudor), ajo y cebolla machacados (tónicos vasculares y saborizantes), y aceite de oliva (el componente energético). Ocasionalmente, también pepino triturado (otro saborizante y, además, fuente de hidratos de carbono). O sea, que los romanos inventaron las bebidas isotónicas antes del Isostar, Gatorade o Aquarius.

Y, por fin, el gazpacho.
            Los romanos trabajaban como romanos. Duro, eficiente, para siempre. Marchaban con quilos y quilos de material durante un montón de millas romanas y por el camino iban construyendo calzadas y puentes, que una legión era básicamente un ejército de ingenieros pesadamente armados. Así es que a veces no había tiempo de cocinar maravillas. Aquí es cuando viene la sopita de emergencia.
            Eres romano y marchas por Hispania poniendo losas en la Vía Heráclea. Pausa para comer. Así es que sacas tu cantimplora de bebida isotónica, la viertes en una escudilla y te poner a desmigar el pan de tu ración en pequeños cachitos (recordad, “caspa”), con lo que te haces un... ¡caspatum!

            Así es que, en lo que queda de verano, recordad que cada vez que vais a la nevera y abrís el bric, en realidad estáis consumiendo un poquito de Historia.

jueves, 7 de agosto de 2014

Gaza: la de cal y la de arena.

No justifico las atrocidades de Israel. Empiezo así para que nadie se llame a engaño. Pero quiero dar mi opinión sobre algunos puntos del reciente conflicto en los que no coincido con la valoración mayoritaria.

Sobre el número de muertes.
Partamos de la base de que LA MUERTE VIOLENTA DE UN SOLO SER HUMANO ES UNA TRAGEDIA. Por ello existen leyes contra el homicidio, para eso hay policías y juzgados. Pero se nos ha presentado la última guerra como un "genocidio", repitiendo a diario las cifras de civiles caídos y la proporción de niños. Analicemos fríamente los números: 1800 caídos en una zona de 1,8 millones de habitantes, o sea el 1/1000, una proporción no mucho mayor de la que podría haberse dado con una ola de calor o una epidemia de gripe. Compárese con las cifras de otros "conflictos armados" (¡cómo nos cuesta usar la palabra tabú "guerra"!) y veremos que no estamos ante algo excepcional.

Matar está mal.
Al primer ministro británico Cameron se lo ha juzgado severamente por su tibieza en la condena a Israel, al decir que "matar civiles está mal y es ilegal". En realidad, no es una mala frase. Nadie debería matar (véase el párrafo anterior), aunque todas las leyes reconocen el derecho a la "defensa propia". Sé que esto siempre resulta conflictivo cuando se aplica a colectivos, pero estos no son más que conjuntos de seres humanos y, como tales, les son aplicables los mismos deberes y derechos que a los humanos individuales. Podríamos así decir que "ningún colectivo debería matar a otro... salvo en defensa propia". Lo que nos lleva al siguiente punto.

No hay bandos inocentes.
Hay seres humanos inocentes, siempre, y en todos los bandos, pero no hay bandos inocentes. Hamás ha lanzado 3000 cohetes contra Israel, y esos cohetes no iban dirigidos contra el ejército judío, sino contra objetivos civiles. La razón de que mueran tan pocos judíos no es la maldad sionista frente a la inocencia palestina, sino la incapacidad de los gazatíes para causar más daño. Los milicianos de Hamás, además de terroristas, son torpes y cuentan con pocos medios técnicos, pero si tuvieran mejores cohetes no dudarían en sembrar la muerte. Y no olvidemos que una parte de nuestra bienintencionada "ayuda humanitaria" acabará sirviendo para comprar drones, explosivos más potentes o medios de propulsión más eficaces. No puedo evitar sobrecogerme con las imágenes del niño herido llorando en la cama del hospital, pero ello no puede traducirse en una simpatía colectiva hacia la causa palestina y una repulsa colectiva contra todos los israelitas (que acaba siempre en lamentables episodios de antisemitismo). Y repito que NO HAY BANDOS INOCENTES: Hamás es culpable, pero el estado de Israel lo es también.
Y lo son también las potencias occidentales. Sí, sí, nosotros. Reconozcamos que nuestra conmiseración es en gran parte hipócrita, que no deseamos la victoria árabe, que Israel nos resulta muy útil para controlar la región. Con una mano vendemos armas a Israel, y luego lavamos nuestra conciencia desviando parte del dinero y, con la otra mano, enviamos la mencionada “ayuda humanitaria” a Gaza, y fletamos “flotillas de la libertad” y todas esas cosas que nos hacen parecer buenos y nos reconcilian con nuestros amigos árabes y su petróleo.

La inocencia de los palestinos.
El niño herido es inocente, sin duda. ¿Lo es el colectivo gazatí como tal? Además del continuo hostigamiento con cohetes, túneles y similares, Hamás lleva una política de terror religioso integrista contra su propia población. Los cristianos palestinos han sido prácticamente exterminados en Gaza (la última cifra que escuché hablaba de solo 8000), entre las desapariciones/paseíllos y el acoso continuo que los obliga al exilio. Las religiones árabes tradicionales no musulmanas prácticamente son inexistentes. Las sectas musulmanas minoritarias han corrido la misma suerte. Hamás niega la existencia de Israel por motivos religiosos, y su triunfo supondría la creación de un estado islámico radical que a nadie conviene.
Por otra parte, cabe recordar que Hamás tiene la irritante costumbre de incumplir las treguas con uno o dos cohetitos, más que nada para chinchar y recordar que sigue ahí, o tal vez porque necesita el estado de guerra para justificar su propia existencia. Provocar la respuesta israelí es su forma de subir al púlpito y gritar: “¿Lo véis? Son malos y nos atacan. Nosotros somos vuestros protectores y nos debéis sumisión y obediencia. Por cierto, escupid a Zoraida, que se ha bajado el velo”.

La maldad judía.
Repito: el estado de Israel es culpable, y punto. Pero cuando juzgamos sus métodos lo hacemos con unos visos de excepcionalidad que no son ciertos. ¿Es diferente el bombardeo de Gaza del que la OTAN llevó a cabo sobre Serbia durante la guerra de Kosovo? No miremos la paja en el ojo ajeno sin primero ver la viga en el propio...
Ello, por supuesto, no justifica el bombardeo de intalaciones sanitarias, refugios, escuelas, mercados… Las atrocidades deben ser juzgadas, pero deben serlo individualmente, sin aplicar por ello el juicio al conflicto en su conjunto o condenar globalmente a una de las partes. Todos los bandos cometen atrocidades, por desgracia. Recordemos las palabras de Churchill: “Nüremberg nos recuerda la importancia de ganar”.

Sobre la "proporcionalidad".
Se acusa a Israel de no aplicar las represalias de una forma proporcionada. En términos militares, eso es una soberana estupidez. La respuesta armada debe ser siempre el último recurso pero, si se emplea, debe ser con todos los medios disponibles. Ya hemos dicho que si Hamás no emplea mayores medios es sencillamente porque no los tiene, no porque haya en ellos una vocación moderada de "proporcionalidad". Volviendo a la guerra de Kosovo, la OTAN arrojó sobre Serbia más bombas de las que cayeron sobre Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, y entonces no nos condenamos a nosotros mismos por "desproporcionados". Y fuimos muy tibios con Estados Unidos por bombardear Libia tras el atentado de Lockerbie. Por cierto, como hay que cambiar de malvados de vez en cuando, y Gadafi ya está muerto, 20 años después ya no es Libia, sino Siria (por orden de Irán), el responsable del atentado contra el 747…
¿Hay que sobrellevar con estoicismo el goteo continuo de cohetes? Por lo visto, la obligación de Israel es limitarse a exclamar “¡oh, qué fastidio!”, como cuando nos pica un mosquito en verano, y dar una palmada sin usar insecticidas (contra los cuales los pobres bichos no tienen defensa posible). Tras el segundo cohete, a Israel se le reconocerá el derecho a decir: “Verdaderamente, esta es una situación incómoda”. Se le permitirá quejarse educadamente por valija diplomática ante el señor Abbás, el cual dirá algo así como: “Yo ya se lo digo, mira, pero no me hacen caso”. Al tercer cohete, una comisión de expertos de la OSCE medirá y pesará el material empleado, lo analizará, y emitirá un informe que autorizará a responder con exactamente la misma cantidad y calidad de propulsor y explosivo.
O nos hemos vuelto todos gilipollas o es que no tenemos ni idea de teoría militar.

Guerra de cifras.
Con lo que nos cuesta llamar "guerra" al uso de las armas, y lo que nos gusta emplear la palabra como metáfora... Bueno, retomando el primer punto, hay una pequeña discordancia sobre la proporción de civiles. Los datos más admitidos hablan de 1300 civiles, lo que supone 500 milicianos. Algunas organizaciones propalestinas hablan de "3/4 partes de civiles". Según Israel, los milicianos abatidos han sido 900. No sé si "la primera víctima de una guerra es la verdad", pero está claro que aún es pronto para juzgar las proporciones de bajas civiles y milicianas.



Ahora, a esperar vuestros comentarios.

viernes, 18 de julio de 2014

Todos los enfermos serán sospechosos por ley

Vivimos en un país bajo sospecha. La leyenda de la picaresca ensucia nuestra reputación y ha llenado la fraseología callejera de un sinfín de tópicos: todos los autónomos defraudan, todos los empleados públicos son vagos, todos los empleados por cuenta ajena estafan a sus jefes, todos los sindicalistas son unos escaqueados.
            Uno de los tópicos más repetidos es que la gente abusa de las bajas. Y sí, por supuesto, algunos lo hacen, pero el 90% de la gente resulta ser honrada y está verdaderamente enferma cuando decide no ir a trabajar. Eso es algo que la mayoría de nosotros sabemos. ¿Cuántas veces nos hemos aguantado y hemos acudido a nuestra labor en condiciones más que dudosas? ¿Cuántas veces hemos pedido un alta al médico antes de lo previsto para no perjudicar a nuestros compañeros o clientes? Pero el gobierno finge no creerlo y anuncia nuevas medidas para “controlar el gasto” que suponen las bajas, calificadas como “absentismo”, inspiradas en el supuesto de que todo español miente aunque se demuestre lo contrario y que el enfermo es en realidad un “absentista”.
            Primero (ver AQUÍ) fue el establecimiento de una “duración media de las bajas”, con una fecha fija prevista para el alta en función de la misma, y hoy se ha aprobado el anteproyecto que sanciona una de las medidas más aberrantes de dicha propuesta: el control por parte de las mutuas de las enfermedades comunes (ver AQUÍ).

- En primer lugar, como sabe cualquiera que haya estudiado algo de matemáticas (no debe ser el caso de los lumbreras del gobierno), por encima de la media está la mitad. Una baja fijada por la “duración media” implica que la mitad de los enfermos serán obligados a reincorporarse sin estar restablecidos, con los evidentes riesgos para la salud, la productividad y la siniestralidad.

- En segundo lugar, algunos de los apartados de la normativa son científicamente absurdos. Así, por ejemplo, en los procesos de duración inferior a cinco días, el médico debe emitir el parte de baja y el de alta en el mismo acto. Es decir que el pobre facultativo, además de medicina, debe ahora saber presciencia y tener los poderes proféticos de una sibila délfica.

- En tercer lugar, partimos de la base de que el diagnóstico inicial es acertado. Os lo dice quien fue dado de baja por un “esguince de muñeca” que en realidad era una rotura de ligamento triangular, visible en una resonancia realizada casi un año después. Teniendo en cuenta las demoras para ser visto por un especialista o para una exploración complementaria, veremos como se da de alta a pacientes por dolencias que requerirían mucho más tiempo por la sencilla razón de que nunca se diagnosticarán (o lo serán después de la reincorporación).

- En cuarto lugar obliga a los médicos, una vez más, a priorizar el valor económico sobre el humano. La principal obligación de un médico es aliviar el dolor y proporcionar consuelo, no ejercer de Gran Hermano.

- En quinto lugar, conceder potestad de control a las mutuas, empresas que están al servicio del contratante y no del paciente, implica multiplicar todo lo dicho. Cada trabajador será así un imputado por delito de falsedad que deberá demostrar su inocencia en inferioridad de condiciones. Por suerte, este procedimiento es (de momento) solo parcial, con una cierta corresponsabilidad entre mutuas y sistema nacional. Claro que las mutuas ya han protestado proponiendo que se les dé el control total.

            Vamos, que solo falta que nos pongan grilletes con termómetro incorporado y medidores de otras funciones corporales, conectados inalámbricamente a un centro de control de falsarios y vinculados a un collar de adiestramiento que nos soltará una descarga si se sospecha que nos escaqueamos.

            Aunque no sé si ha sido una buena ocurrencia el anterior arrebato de ironía. Igual les he dado una idea sin querer.

domingo, 25 de mayo de 2014

El fascismo de Panrico (o Esopo tenía razón).

Una fábula de Esopo cuenta que los lobos enviaron una embajada a los corderos. Los delegados argumentaron que la única razón de la guerra entre ambas especies era la actitud de los perros guardianes.
-Entregadnos los perros. Ellos son nuestros únicos enemigos. Si lo hacéis, los lobos no os volveremos a molestar jamás.
Los corderos, ilusos, los creyeron y traicionaron a sus guardianes. Entonces, los lobos atacaron el rebaño y se dieron el mayor festín de sus vidas.
Moraleja: no traiciones a quienes cuidan lealmente de ti.

Esopo tenía razón. Siempre la tuvo. La sigue teniendo.
Aunque algunos, me temo, no han leído suficientes fábulas. O no leen en absoluto. O piensan que los demás no leemos.

Esto viene a cuento de la noticia leía hoy en "El País", que pone los pelos de punta.
Este jueves, sin embargo, la dirección de Panrico hizo una oferta inesperada: reducir un 40% los despidos previstos este año en la planta barcelonesa de Santa Perpetua (de 133 a 80, es decir, 53 menos) pero a cambio de echar a todo el comité de empresa y decidir individualmente los despidos restantes comenzando por quienes se han significado durante los siete meses de huelga. (...) Además, advierte de que si se mantiene el paro, reclamará por “huelga abusiva”.

Tenéis la noticia completa AQUÍ.
En otras palabras: entregadnos los guardianes. Os prometemos que luego nos portaremos bien con vosotros, corderitos amorosos e inocentes. Porque claro, son los sindicalistas los que quieren vuestro mal (esos vagos y corruptos sindicalistas), cuando todo el mundo sabe que los grandes empresarios y agencias de inversión solo buscamos crear empleo y generar prosperidad.
Y el remate de la "huelga abusiva"…
No sé que da más miedo, si el burdo ataque contra los derechos de representación sindical, la manipulación licantrópica de los que consideran unos borregos, o la conculcación del derecho básico de huelga. A poco que nos descuidemos, tenemos otra vez al ejército ametrallándonos o cargando a caballo contra nosotros.
Y esto irá a más, os lo advierto. Volvemos al siglo XIX de cabeza.